-Ya, déjame en paz Alicia- murmuraba para sí aquel hombre, borracho sin duda, sin ningún sentido de la realidad. -Alicia... Alicia- Continuaba murmurando por lo bajo, para sí mismo, como queriendo no olvidar aquel nombre, pero si olvidar el aspecto de quien lo llevaba.
Alicia, que hermosa era Alicia, cuando sonreía y encorvaba sus ojos como si fuesen dos mitades de sandías volteadas, las cuales se entre abrían mostrando un color negro como las pepas y brillante como el agua. que hermosa era Alicia, cuando caminaba y sus pronunciadas caderas bailaban al son de sus vestidos cada vez que iba al pueblo a buscar víveres. Como aquel día, en que se alistó más que nunca pues iba a encontrase con él, aquel hombre que alababa sus gruesos labios, que se excitaba con sus delicadas piernas, que la halagaba día y noche en sus pensamientos, en sus sueños... en cada una de sus fantasías.
Alicia quería que aquel día fuese inolvidable, quizás no conocía el nombre de aquel sujeto, pero conocía sus manos, aquellas gruesas y fuertes manos, que la hacían temblar de lujuria, que la llamaban cada vez que iba al pueblo, que la amaban.
-Si no te quieres ir, podrías ayudarme a preparar una taza de café, Alicia- seguía diciendo para si mismo aquel hombre, pero como si si mismo fuese en realidad Alicia. lo decía con un tono de frustración y ansiedad, o quizás terror, un terror inmenso, que le hacia tambalear la voz, como si Alicia fuese el mismísimo demonio. Y entonces lloró. el alcohol que le embriagaba las venas hacia que cada una de sus saladas lágrimas saliesen de sus ojos como si estos fuesen una nube, una negra nube a punto de reventar. - Andate Alicia ! - gritaba esta vez hacia aquella mujer que yacía en su cabeza, aquel demonio que atormentaba sus pensamientos. Y gritó tan fuerte, como si desease desgarrarse la garganta, para así no poder vivir, para así olvidar a la mujer en sus pensamientos.
Alicia ese día pasaría a la carnicería, compraría pulpa de cerdo y quizás uno que otro pedazo de lomo vetado para darse un gustito, y luego correría rauda hacia aquellas manos, hacia aquel hombre al cual pertenecía. Sin embargo se demoró un poco, pues tuvo que ir a otra carnicería, ya que a la que siempre iba estaba cerrada. Cuando finalmente llegó al lugar del esperado encuentro él no estaba allí como acostumbraba a hacerlo puntualmente. Entonces Alicia se estremeció. Quizás se había retardado simplemente, pero no pudo dejar de lado la pena que la invadió. fue como si miles de agujas le clavaran cada uno de los rincones de su cuerpo, deseo desmayarse, aquellas agujas dolían, dolían más de lo que dolía la ausencia.
Cuando por fin las agujas ya no pinzaban, cuando ya no las sentía, abrió sus ojos y a su sorpresa, se hacía notar aquel hombre, el dueño de aquellas manos, aquellas grandes manos que le excitaban hasta lo mas nimio de su anatomía.
-Tardaste- decía Alicia mientras miraba cruel y fijamente a aquel hombre.
-Lo sé, lo siento- Respondía él, evadiendo preguntas y entregándose a ella, entregando sus manos.
y entonces ahí, ella lo supo. Esas manos debían ser de ella. ella no extrañaba a aquel individuo, sino más bien a aquellas manos, quería poseerlas, no esporádicamente, si no más bien siempre, hasta la eternidad.
-Vamos- dijo por fin ella, dirigiéndose hacia un lugar que aparentemente ambos conocían.
-Nuevamente fracaso mi taza de café, que viejo estoy ya- seguía murmurando hacia él mismo aquel hombre, aun ebrio. Se disponía a sentarse en una pequeña silla de madera, la cual pegada al piso se encontraba justo frente a la ventana. Lograba divisar claramente la luna llena que se posaba en el cielo aquella noche.
Cuando llegaron a aquel lugar, el hombre miró a la mujer, tan hermosa, tan viva, tan radiante, sin saber que sería la ultima vez que la vería así, quiso recordar esa imagen por siempre, aquella belleza por siempre, guardar la hermosura de aquel rostro angelical y despiadado.
-Tócame- susurró Alicia y sin mayor resistencia aquel hombre entregó sus manos a ese hermoso cuerpo.
Entonces Alicia se embriagó. su cuerpo se estremeció y deseó, deseó más de lo que deseaba a la vida. esas manos eran de ellas, solo de ella.
Y entonces mientras él la tocaba, con cuidado, con amor, con pasión, con lujuria, ella se las arrebató. le arrebató ambas manos, con una fuerza monstruosa, que la hizo vomitar, vomitar de dolor por el esfuerzo, vomitar la lujuria, vomitar los deseos, vomitar el sentimiento. Por fin, aquellas manos, por fin, eran de ella, única y exclusivamente de ella. y luego experimentó la satisfacción, una satisfacción tan grande y placentera que la hizo dormir, se durmió, con las manos ensangrentadas en sus pechos, se durmió con su amor en sus pechos, con el dolor de aquel hombre en sus oídos, se durmió, embriagada de satisfacción y felicidad. Por siempre.
Ese día la noche estaba estrellada y aquel hombre recordó aquel fatídico día y al diablo por última vez en su vida, sentado en aquella silla, recordando que ya nunca podría hacerse una taza de café, mirando la luna llena.