sábado, 7 de abril de 2012

Séptimo Atardecer

Estaría sentada frente al mar, esperando por seis atardeceres seguidos y cuando llegase el séptimo, voltearía a ver si aún estás atrás mio.
Y si sigues allí te hablaría de cómo hacer para seguir viendo atardeceres, dónde poner la cabeza y dónde guardar el agüita, pondríamos una mantita sobre el arena infinita mientras el viento tratase de elevarla, te ayudaría a despertar para ver todos los atardeceres de nuestras vidas y tú me enseñarías a no tener frío.
Pero si te descubriese pensando en que quieres irte, te arrojaría el séptimo atardecer por el cerebro y te diría que guardaras todas tus expectativas. Con mi furia correría junto al viento y mis cabellos se alzarían sobre tus hombros, sentirías tanto miedo que desearías poder tener un rifle para disparar, pondría mis mayores pesadillas sobre tus hombros y me reiría del sudor de tu pánico.
Pero si no te descubriese allí, si me diera cuenta que ya te fuiste, entonces me pondría azul -de tanta tristeza- volvería a ver el mar y me quedaría esperando por el octavo atardecer, me abrigaría con muchas ovejas y guardaría un poco de arena, borraría mi camino a casa para nunca dejar de esperarte y borraría tu camino al olvido, para que algún día volvieras a buscarme.


domingo, 1 de abril de 2012

De dos en mil

La lluvia ya no debería caer a pedazos en días tan buenos, pero como siempre, el viento le gana a mis emociones.
Hoy llegué al árbol contando dos más mil más dos, me resultaba más fácil contar de dos en mil que mirar el árbol-atardecer o tu cara en el árbol-atardecer. O tu cara en todas las malditas partes, o todas las malditas partes en tu cara y en la mía.
Vestiré el luto por los dos años que me quedan, no me importa la inmadurez y la adolescencia, vestiré el luto por fuera y por dentro -y más adentro- y te pintaré de negro en mi ropa y en mis ojos.
Y dibujaré tu ombligo en mis cuadernos, les borraré el gusto dulce y luego arrugaré las hojas.
Y seguiré contando de dos en mil, de dos en mil, hasta que las hojas amarillas no me duelan tanto, hasta que las vea muertas y no vivas.
¿Es posible acaso estar alegre por estos días?
Recuerdo que eran las diez, quizás las nueve, en todos los relojes, eran las diez, quizás las nueve, en todos los corazones, eran las diez, quizás las nueve, en todos los amores.
Y cuando ya llegaban las cinco me dormí. La gente era feliz y yo también quería ser gente. La música retumbaba en mis oídos, retuummmbaba, tummmbaba, tuuuumb, tuuuum...

Abril me avisó, me avisó todos los días de su vida, pero yo nunca escucho a Abril, nadie nunca escucha a Abril, sólo cuentan de dos en mil o de dos en dos o de diez en cien.