lunes, 28 de noviembre de 2011

3333-0

Las olas azotaban sus pensamientos.
se veía en blanco y negro
pero mucho gris.

el calor le corrompía la cien
sentía el hálito de la fermentación
pero las olas azotaban sus pensamientos.

le vi venir una vez, otra vez
le vi venir diez veces
le vi azotarse contra mis pensamientos

las olas chocaban entre su cerebro y su cráneo
la vida se esfumaba en el humo de su alma
se escurría como una larva entre los dedos
se consumía como una vida en penumbra

Y lo vi venir, imperativo y artista
distinguido hasta los tobillos
lo vi llegar a mí
y se me incrustó en la mirada
como una mota que envenena la vista.



jueves, 17 de noviembre de 2011

Todos los miedos.

Lo vi correr en dirección hacia mi casa mientras me tomaba un café y miraba a través de mi ventana. Golpeteó la puerta con una descontrolada energía y asustada me dirigí a hacerlo pasar.
Desorientado y al punto del pánico me dijo que nunca había visto tantos caracoles, como los que había encontrado ese día bajo su cama.
El estruendo de mi risa rebotó tan fuerte en las paredes, que pensé que la taza de mi café se rompería.
Me vio con su falsa y simplona mirada de odio y me dijo que no había nada más repugnante que los caracoles. Él sabía que un día no muy lejano, terminaría muriendo por culpa uno de ellos y le aterraba la muerte, era tan espantosa, la podía imaginar, con su boca fruncida y grandes ojos azules, con las mejillas ásperas y las manos toscas, con el estómago lleno de almas y con caracoles incrustados en el pelo.
Me dijo que no entendía como los caracoles habían llegado a tal lugar de su casa, que él se preocupaba bastante de mantenerlos aislados que todo lo suyo.
Lo vi tiritando mientras decía "caracol" y rascándose el pelo cuando decía "almohada".
Lo escuché por tanto rato, hasta que mis párpados se cansaron de estar de pie frente a sus ojos.
Enfurecido me gritó en la cara que era la peor persona del planeta y que no debió confiarme su fobia contra los caracoles.
Le dije entonces que su historia era la más estúpida de todas las historias que habían pasado por las paredes de mi casa, que su vida no tenía ningún sentido y me puse pálida de ira cuando le dije que él lo único que hacía era hablar idioteces y arruinar mi felicidad y mi café.
No sé si alcanzó a sentir pena, o quizás mucha rabia o quizás nada. No me miró, no me habló, ni siquiera se movió, estaba ahí frente a mí, pero seguramente algo dentro de él había preferido irse con los caracoles antes de seguir observándome.
Pensé en pedirle las disculpas más sinceras que pudieron haber salido por mi boca, pero me arrepentí al ver su no-reacción.
Quedó así por tres minutos contados, hasta que me atreví a preguntarle si estaba bien.
Recuerdo sus palabras y el movimiento de sus labios tan bien que hasta podría dibujarlos, cuando me dijo "Vi cómo te transformabas en un caracol y quise huir tan rápido de aquí, pero mis piernas no me obedecieron".
Pensé que la simplicidad de su conversación era tal que ni siquiera merecía que le dijera "enfermo mental" a modo de insulto.
Entonces no hablé nada y fui por otra taza de café. Estaba bastante mal humorada como para seguir escuchando sus palabras, así que preferí quedarme un buen rato en la cocina.
Me sentía tranquila y aliviada, la furia se me iba paulatinamente del rostro y pensé en ofrecerle una galleta, hasta que escuché como me llamaba y me decía que había encontrado una amiga.
Fui rápidamente para ver qué era lo que estaba destrozando -siempre destrozaba cosas- y el terror me paralizó cuando vi a su amiga, negra, esbelta y de ocho patas.
Sentí cómo un millón de agujas clavaban mi cuerpo y me paralizaban de la cabeza a los pies. El oxígeno dentro de mí se puso tan denso que estuvo a punto de bloquearme la garganta. Quise correr muy lejos de allí, pero recordé sus palabras cuando me di cuenta que mis piernas no me dejaban hacer nada.
Le pedí por favor que la sacara de allí, que no soportaba a las arañas, que no eran mis amigas, que nunca iba a dejar de temerles.
Y entonces su risa fue aún más fuerte que mi miedo y me hizo recordar a los estúpidos payasos que viven en los circos.
"Eres tan simple, que no mereces siquiera estar loca" me dijo mientras salía por mi puerta llevando al bicho en la mano.
"Qué ironía" dije mientras mis ojos empezaban a gotear suavecito y sin apuro.


martes, 15 de noviembre de 2011

Estoy aburrida, pero no de ese aburrimiento de aburrido si no de ab-urrida.
Cuando separo la palabra aburrida como se me da la real gana, el ab me recuerda a mi profesora de lenguaje hablando sobre los orígenes del lenguaje y urrida, no sé, me suena a pájaros. Por eso estoy ab-urrida, ab-urrida de escuchar a mi profesora de lenguaje y ab-urrida de ver como los pájaros me cagan la cabeza.
Ayer pensé que hoy sería un día que me iba a inspirar a escribir las cosas que siempre escribo, pero no, es como una maldición, al final del día o al principio también, nunca sé qué escribir, de hecho ahora me gustaría escribir mucho la palabra hueona, pero se vería fea en mi blog.
Quiero comer chocolates o no sé, voy a drogarme con papas fritas a lo mejor, porque los cigarros ya no me sirven.
Ahora escribiría un "hueón me aburro de todo", pero también se vería feo.
Todo se ve feo, pero puta que estoy aburrida de escribir todo bonito.



domingo, 13 de noviembre de 2011

Azúcar

El cielo caía sobre la noche, estábamos al pie de las estrellas y las contábamos, una a una, hasta que las manos se llenaron de verrugas.
Nos miramos bajo los vestidos de la arena, le sonreímos a su entrepierna que se abría para nosotros, y sin disgusto fuimos en busca de la máquina para coser ideas.
Te dije que la máquina estaba averiada y que necesitaríamos llevarla a un servicio técnico, pero tú siempre eras tan atrevido que quisiste abrirla para ver si algún resto de idea se había atorado entre las piezas del motor.
Cuando vi lo oxidada que estaba quise llorar y abrazarla para que ya no estuviera tan seca, pero tú me dijiste que no lo hiciera, porque si la tocaba iba a oxidarme junto con ella.
Nos quedamos en silencio como si la noche hubiese absorbido nuestras voces hasta que me tocaste la rodilla y me dijiste que traías un chocolate en el bolsillo.
Te miré con grandes ojos de aceituna y dije que conversar contigo se sentía igual a comer chocolate.
Te dije que justo ese no quería comerlo, porque habías dicho que lo traías en el bolsillo, entonces yo había pensado que venía contigo a pasear un rato.
Te reíste de mí y dijiste que los chocolates no salían a pasear, entonces ahí quise llorar de nuevo, eras tan cruel.
Estuvimos allí jugando a reparar la máquina -siempre pendiente de no tocar el oxido para no oxidarnos- hasta que la noche se despidió de mí y tú me dijiste que te irías junto con ella, te dije que lo hicieras para que justamente hicieras lo contrario, pero eras tan obstinado que preferiste irte igual, sólo para verme sentada allí y fotografiarme con tu mirada.
Cuando te fuiste me dio tanto frío, que para calentarme un poco le hablé a la luna que casi dormida se quedaba, pero no me respondió. Entonces el sol me dijo desde una esquina que no había que hablarle a ella luego de haberla ignorado por hablar con un humano.
Me paré entonces para volver a mi casa pensando en que mañana cuando la noche vuelva a despertar a la luna, le hablaré y estaré con ella hasta que se vuelva a dormir.