Lo vi correr en dirección hacia mi casa mientras me tomaba un café y miraba a través de mi ventana. Golpeteó la puerta con una descontrolada energía y asustada me dirigí a hacerlo pasar.Desorientado y al punto del pánico me dijo que nunca había visto tantos caracoles, como los que había encontrado ese día bajo su cama.
El estruendo de mi risa rebotó tan fuerte en las paredes, que pensé que la taza de mi café se rompería.
Me vio con su falsa y simplona mirada de odio y me dijo que no había nada más repugnante que los caracoles. Él sabía que un día no muy lejano, terminaría muriendo por culpa uno de ellos y le aterraba la muerte, era tan espantosa, la podía imaginar, con su boca fruncida y grandes ojos azules, con las mejillas ásperas y las manos toscas, con el estómago lleno de almas y con caracoles incrustados en el pelo.
Me dijo que no entendía como los caracoles habían llegado a tal lugar de su casa, que él se preocupaba bastante de mantenerlos aislados que todo lo suyo.
Lo vi tiritando mientras decía "caracol" y rascándose el pelo cuando decía "almohada".
Lo escuché por tanto rato, hasta que mis párpados se cansaron de estar de pie frente a sus ojos.
Enfurecido me gritó en la cara que era la peor persona del planeta y que no debió confiarme su fobia contra los caracoles.
Le dije entonces que su historia era la más estúpida de todas las historias que habían pasado por las paredes de mi casa, que su vida no tenía ningún sentido y me puse pálida de ira cuando le dije que él lo único que hacía era hablar idioteces y arruinar mi felicidad y mi café.
No sé si alcanzó a sentir pena, o quizás mucha rabia o quizás nada. No me miró, no me habló, ni siquiera se movió, estaba ahí frente a mí, pero seguramente algo dentro de él había preferido irse con los caracoles antes de seguir observándome.
Pensé en pedirle las disculpas más sinceras que pudieron haber salido por mi boca, pero me arrepentí al ver su no-reacción.
Quedó así por tres minutos contados, hasta que me atreví a preguntarle si estaba bien.
Recuerdo sus palabras y el movimiento de sus labios tan bien que hasta podría dibujarlos, cuando me dijo "Vi cómo te transformabas en un caracol y quise huir tan rápido de aquí, pero mis piernas no me obedecieron".
Pensé que la simplicidad de su conversación era tal que ni siquiera merecía que le dijera "enfermo mental" a modo de insulto.
Entonces no hablé nada y fui por otra taza de café. Estaba bastante mal humorada como para seguir escuchando sus palabras, así que preferí quedarme un buen rato en la cocina.
Me sentía tranquila y aliviada, la furia se me iba paulatinamente del rostro y pensé en ofrecerle una galleta, hasta que escuché como me llamaba y me decía que había encontrado una amiga.
Fui rápidamente para ver qué era lo que estaba destrozando -siempre destrozaba cosas- y el terror me paralizó cuando vi a su amiga, negra, esbelta y de ocho patas.
Sentí cómo un millón de agujas clavaban mi cuerpo y me paralizaban de la cabeza a los pies. El oxígeno dentro de mí se puso tan denso que estuvo a punto de bloquearme la garganta. Quise correr muy lejos de allí, pero recordé sus palabras cuando me di cuenta que mis piernas no me dejaban hacer nada.
Le pedí por favor que la sacara de allí, que no soportaba a las arañas, que no eran mis amigas, que nunca iba a dejar de temerles.
Y entonces su risa fue aún más fuerte que mi miedo y me hizo recordar a los estúpidos payasos que viven en los circos.
"Eres tan simple, que no mereces siquiera estar loca" me dijo mientras salía por mi puerta llevando al bicho en la mano.
"Qué ironía" dije mientras mis ojos empezaban a gotear suavecito y sin apuro.