Me fijo en la paloma que se posa todos los martes a las nueve y
media de la mañana en la cabeza de la pileta de Concepción. Sí, la cabeza, ella
en la cabeza y otras en el hombro. Pero las que se posan en el hombro van y
vienen al ritmo del sol que va y viene en Agosto.
La paloma que está en la cabeza no se
mueve y pienso que quizás olvidó cómo volver a volar. Me entran ganas de
ayudarla, pero yo tampoco sé mucho sobre volar. Reflexiono que cada vez que
empiezo un pensamiento con ''quiero'' lo remato con ''pero''.
Es extraño que la gente camine como
admirándose a sí misma y no se fijen en la puta paloma que lleva media hora
inmóvil, o que no se fijen en el agua que sale a chorros y cae fuera de la
pileta, haciendo posas en el cemento. Quizás si hiciera menos frío lo notarían,
el frío es narcisista y egoísta, cada vez que aparece logra, a través del
sufrimiento, que todo quien lo perciba sólo piense en él.
Noto que hay alguien que es inmune al frío
y sus métodos de atención. Una niña como de medio metro de altura, rubia,
mirando fijamente la pileta, con ese desdén e inocencia característicos de
aquellos que miden medio metro.
Me fijo que le asombra que el agua caiga
afuera, porque le dice a su afable y anciano acompañante ''Agua afuera...
¡Afuera!'' Y paloma en la
cabeza, todavía Pienso yo,
pero no lo digo.
No me gustan las palomas, quizás por eso
aún noto su presencia. No me gusta que coman restos de comida a picotones
soberbios y pseudo inocentes. No me gusta la indiferencia con la que te cagan
sin pedir disculpas ni con el vuelo. Pero por sobre todo, no me gusta que
arranquen. ¿De qué arrancan? ¿Por qué arrancan? ¿Por qué son tan valientes para
traicionar, para huir, para caminar con ese ritmo de mierda que tienen en el
cuello? Y nadie les dice nada, nadie las odia, incluso muchos las veneran, las
respetan, nadie se fija en cómo nos invaden con su puta reputación angelical.
A veces me dan ganas de hablarle a Daniel,
de contarle todo lo que pienso mientras él me evade y rebusca, hace cinco
minutos, un cigarro en sus bolsillos. Me dan ganas de decirle que yo tengo más
cigarros que belleza, que los tengo exactamente en mi bolsillo izquierdo y no
tengo necesidad de buscarlos, pero si lo hiciera lo descolocaría. Daniel no
sabría cómo seguir evadiendo el tiempo que viene conmigo, ya no sabría cómo
evitar mirarme con desdicha, y, ciertamente, no me gusta su mirada
desdichada.
Cuando lo conocí me impresionó el hecho de
que fuese tan bueno para evadir miradas. Tardé año y medio en lograr encontrar
sus ojos y hubiese deseado jamás haberlos encontrado. La mirada de Daniel era
casi tan difícil de sostener como sus palabras.
Siempre recuerdo la primera vez que
hablamos, los dos solos, mientras esperábamos en la fila de un banco.
-Ayer me encontré con María, tu mejor
amiga, me parece muy simpática- Digo, sólo para entrar en algún tema.
-No es mi mejor amiga- Responde Daniel,
mirando un papel
-¿Ah, no?- Insistí con la mirada
-No- dijo, sacando y viendo una moneda de
su bolsillo.
-Bueno, de cualquier forma me cae muy
bien-
-No tienes necesidad de inventar que te
cae bien María para quedar bien conmigo.-
-Sólo estaba tratando de iniciar una
conversación, Daniel.-
-Nunca es bueno iniciar conversaciones.-
No hablamos más en todo lo que quedó de
fila, en todo lo que quedó de viaje a casa de María, en todo lo que quedó de
fiesta en casa de María, no hablamos más en todo lo que quedó de mes.
Si ahora me dijera que no es bueno iniciar
conversaciones, que María no es su mejor amiga, que no tengo la necesidad de inventar
cosas para hablarle, seguramente me haría pensar que me ha vuelto a
querer.
Daniel siempre me hizo sentir como si yo fuese demasiado normal y
aburrida, no por lo que decía, si no que todo lo contrario, por todo lo que no
decía. Daniel era como la almohada en la que lloras y luego te ríes por ser tan
patético, era como el frasco que te contiene cuando empiezas a fluir como si
fueses el líquido más ligero y letal. Daniel se demoró un año y medio en
hacerme sentir especial.
Cuando supe que se sentía atraído hacia mí, me compré tres
algodones de azúcar para soportar la felicidad.
Estábamos sentados en la plaza de Concepción, esperando nada esta
vez. Me había hablado por teléfono y me había dicho que quería juntarse
conmigo.
-No me gusta hablar contigo.- Dijo Daniel, viéndose las motas en
su chaleco
-¿Entonces por qué me hiciste venir aquí?- Dije, molesta.
-No sé.- Dijo y trató mirarme a los ojos.
Daniel tiene los ojos muy redondos, las pestañas cortas, las
pupilas grandes que casi ni se achican con la luz, tiene los ojos de un café
intenso y la mirada retraída. Le costó encontrar mis pupilas, como si le
faltase experiencia, pero cuando lo logró, posó una mirada perfecta que
demostraba que no le gustaba hablar, pero que le gustaba estar justo ahí, justo
conmigo.
Si hubiese sabido que nunca más iba a ver ese café intenso tan
intenso cómo ese día, entonces hubiese deseado morir con la incertidumbre de
cómo eran aquellos ojos.
Daniel me mostró sus ojos durante 267 días, tres horas al día y
durante ese mismo tiempo me hablaba dos veces por semana, lo que era perfecto para
no ensuciar los días, las salidas, los paisajes, los helados, los cigarros, la
vida.
El día 268 fuimos a darle de comer a las palomas. En esta semana
sólo me había hablado una vez, y ese día tenía muchas ganas de hablar con él,
así que es inicié la conversación.
-Me parece gracioso cómo caminan las palomas- Dije
-Alicia, por favor, no inicies las conversaciones diciendo cosas
tan estúpidas- Dijo.
Un millón de ajugas se clavaron en mi cuerpo. Daniel no se había
comportado conmigo así hace mucho tiempo.
-¿Andas de mal humor?- Dije, con pena y miedo.
-No es necesario andar de mal humor para darse cuenta que las
palomas no son graciosas, míralas, son imbéciles, tienen una descoordinación extraordinaria
entre su cabeza y sus patas y sé que piensas lo mismo, lo que no entiendo es
por qué insistes, después de todo este tiempo, en iniciar una conversación con
mentiras y trivialidades.- Respondió Daniel, mirándome a los ojos.
Mis ojos se mojaron, y estuvieron a punto de empezar a gotear.
-Pensé que ese tipo de cosas ya no te molestaban- dije y bajé la
vista.
-En el momento en que quisiste venir a darle de comer a las
palomas supe que nunca has entendido nada, Alicia.- Me dijo, me miró a los ojos
y su mirada se desdichó. Sus pupilas ya no estaban tan dilatadas y el café ya
no tenía nada de intensidad. Desde ese día ya no me miró más.
Nunca más.
Ahora ya han pasado 20 días desde aquella vez, Daniel ya no me
habla dos veces por semana y, ya casi ni me mira, lo cual no es molesto para
mí, ya que la desdicha en sus ojos no se ha ido.
Daniel se ha dedicado en los últimos 20 días a evadirme y yo me he
dedicado a abstraerme en pensamientos.
Todos los días, sin acordar nada, nos encontramos en el mismo
asiento, frente a la pileta, él se sienta a mi lado y no me mira, le digo hola
y me dice “h‘la” y cada día menos se escucha. Es demasiado contradictorio,
demasiado contradictorio pensar que no me quiere, que me evade, que le irrito y
sin embargo todos los días llega a donde sabe que estaré yo.
La paloma sigue allí y ya ha pasado una hora. Daniel sigue
buscando en su bolsillo, pero esta vez busca un encendedor. Le quedo mirando,
lo nota.
Sigo mirando, le miro durante diez minutos. Empiezo a sentir su
incomodidad.
Saco mi encendedor y prendo fuego, prendo el fuego frente a mis
ojos. Daniel cesa su búsqueda, vacila un rato, me mira. O quizás mira el fuego.
Daniel enciende su cigarro y nos miramos, soporto la desdicha en sus
ojos durante quince minutos hasta que al fin, se ablanda.
-Gracias- me dice, succionando todo el cigarro que le queda, con
fuerzas.
-Gracias a ti- le digo, le dejo mi encendedor y me voy.
Cuando empiezo a caminar pienso que ya no volveré a sentarme en
aquel asiento y que tendré que comprarme otro encendedor. Cuando llevo medio
metro caminando volteo a ver a la paloma, la cual al fin vuela, al mismo tiempo
que Daniel se para del asiento yendo hacia el otro lado.
Putas palomas pienso, mientras saco mis audífonos.