sábado, 24 de agosto de 2013

El final

Me fijo en la paloma que se posa todos los martes a las nueve y media de la mañana en la cabeza de la pileta de Concepción. Sí, la cabeza, ella en la cabeza y otras en el hombro. Pero las que se posan en el hombro van y vienen al ritmo del sol que va y viene en Agosto. 
La paloma que está en la cabeza no se mueve y pienso que quizás olvidó cómo volver a volar. Me entran ganas de ayudarla, pero yo tampoco sé mucho sobre volar. Reflexiono que cada vez que empiezo un pensamiento con ''quiero'' lo remato con ''pero''.
Es extraño que la gente camine como admirándose a sí misma y no se fijen en la puta paloma que lleva media hora inmóvil, o que no se fijen en el agua que sale a chorros y cae fuera de la pileta, haciendo posas en el cemento. Quizás si hiciera menos frío lo notarían, el frío es narcisista y egoísta, cada vez que aparece logra, a través del sufrimiento, que todo quien lo perciba sólo piense en él. 
Noto que hay alguien que es inmune al frío y sus métodos de atención. Una niña como de medio metro de altura, rubia, mirando fijamente la pileta, con ese desdén e inocencia característicos de aquellos que miden medio metro.
Me fijo que le asombra que el agua caiga afuera, porque le dice a su afable y anciano acompañante ''Agua afuera... ¡Afuera!'' Y paloma en la cabeza, todavía Pienso yo, pero no lo digo. 
No me gustan las palomas, quizás por eso aún noto su presencia. No me gusta que coman restos de comida a picotones soberbios y pseudo inocentes. No me gusta la indiferencia con la que te cagan sin pedir disculpas ni con el vuelo. Pero por sobre todo, no me gusta que arranquen. ¿De qué arrancan? ¿Por qué arrancan? ¿Por qué son tan valientes para traicionar, para huir, para caminar con ese ritmo de mierda que tienen en el cuello? Y nadie les dice nada, nadie las odia, incluso muchos las veneran, las respetan, nadie se fija en cómo nos invaden con su puta reputación angelical.

A veces me dan ganas de hablarle a Daniel, de contarle todo lo que pienso mientras él me evade y rebusca, hace cinco minutos, un cigarro en sus bolsillos. Me dan ganas de decirle que yo tengo más cigarros que belleza, que los tengo exactamente en mi bolsillo izquierdo y no tengo necesidad de buscarlos, pero si lo hiciera lo descolocaría. Daniel no sabría cómo seguir evadiendo el tiempo que viene conmigo, ya no sabría cómo evitar mirarme con desdicha, y, ciertamente, no me gusta su mirada desdichada. 
Cuando lo conocí me impresionó el hecho de que fuese tan bueno para evadir miradas. Tardé año y medio en lograr encontrar sus ojos y hubiese deseado jamás haberlos encontrado. La mirada de Daniel era casi tan difícil de sostener como sus palabras. 

Siempre recuerdo la primera vez que hablamos, los dos solos, mientras esperábamos en la fila de un banco. 
-Ayer me encontré con María, tu mejor amiga, me parece muy simpática- Digo, sólo para entrar en algún tema. 
-No es mi mejor amiga- Responde Daniel, mirando un papel
-¿Ah, no?- Insistí con la mirada
-No- dijo, sacando y viendo una moneda de su bolsillo.
-Bueno, de cualquier forma me cae muy bien- 
-No tienes necesidad de inventar que te cae bien María para quedar bien conmigo.-
-Sólo estaba tratando de iniciar una conversación, Daniel.-
-Nunca es bueno iniciar conversaciones.-
No hablamos más en todo lo que quedó de fila, en todo lo que quedó de viaje a casa de María, en todo lo que quedó de fiesta en casa de María, no hablamos más en todo lo que quedó de mes. 

Si ahora me dijera que no es bueno iniciar conversaciones, que María no es su mejor amiga, que no tengo la necesidad de inventar cosas para hablarle, seguramente me haría pensar que me ha vuelto a querer. 

Daniel siempre me hizo sentir como si yo fuese demasiado normal y aburrida, no por lo que decía, si no que todo lo contrario, por todo lo que no decía. Daniel era como la almohada en la que lloras y luego te ríes por ser tan patético, era como el frasco que te contiene cuando empiezas a fluir como si fueses el líquido más ligero y letal. Daniel se demoró un año y medio en hacerme sentir especial.

Cuando supe que se sentía atraído hacia mí, me compré tres algodones de azúcar para soportar la felicidad.
Estábamos sentados en la plaza de Concepción, esperando nada esta vez. Me había hablado por teléfono y me había dicho que quería juntarse conmigo.
-No me gusta hablar contigo.- Dijo Daniel, viéndose las motas en su chaleco
-¿Entonces por qué me hiciste venir aquí?- Dije, molesta.
-No sé.- Dijo y trató mirarme a los ojos.
Daniel tiene los ojos muy redondos, las pestañas cortas, las pupilas grandes que casi ni se achican con la luz, tiene los ojos de un café intenso y la mirada retraída. Le costó encontrar mis pupilas, como si le faltase experiencia, pero cuando lo logró, posó una mirada perfecta que demostraba que no le gustaba hablar, pero que le gustaba estar justo ahí, justo conmigo.

Si hubiese sabido que nunca más iba a ver ese café intenso tan intenso cómo ese día, entonces hubiese deseado morir con la incertidumbre de cómo eran aquellos ojos.

Daniel me mostró sus ojos durante 267 días, tres horas al día y durante ese mismo tiempo me hablaba dos veces por semana, lo que era perfecto para no ensuciar los días, las salidas, los paisajes, los helados, los cigarros, la vida.

El día 268 fuimos a darle de comer a las palomas. En esta semana sólo me había hablado una vez, y ese día tenía muchas ganas de hablar con él, así que es inicié la conversación.
-Me parece gracioso cómo caminan las palomas- Dije
-Alicia, por favor, no inicies las conversaciones diciendo cosas tan estúpidas- Dijo.
Un millón de ajugas se clavaron en mi cuerpo. Daniel no se había comportado conmigo así hace mucho tiempo.
-¿Andas de mal humor?- Dije, con pena y miedo.
-No es necesario andar de mal humor para darse cuenta que las palomas no son graciosas, míralas, son imbéciles, tienen una descoordinación extraordinaria entre su cabeza y sus patas y sé que piensas lo mismo, lo que no entiendo es por qué insistes, después de todo este tiempo, en iniciar una conversación con mentiras y trivialidades.- Respondió Daniel, mirándome a los ojos.
Mis ojos se mojaron, y estuvieron a punto de empezar a gotear.
-Pensé que ese tipo de cosas ya no te molestaban- dije y bajé la vista.
-En el momento en que quisiste venir a darle de comer a las palomas supe que nunca has entendido nada, Alicia.- Me dijo, me miró a los ojos y su mirada se desdichó. Sus pupilas ya no estaban tan dilatadas y el café ya no tenía nada de intensidad. Desde ese día ya no me miró más.
Nunca más.   

Ahora ya han pasado 20 días desde aquella vez, Daniel ya no me habla dos veces por semana y, ya casi ni me mira, lo cual no es molesto para mí, ya que la desdicha en sus ojos no se ha ido.
Daniel se ha dedicado en los últimos 20 días a evadirme y yo me he dedicado a abstraerme en pensamientos.
Todos los días, sin acordar nada, nos encontramos en el mismo asiento, frente a la pileta, él se sienta a mi lado y no me mira, le digo hola y me dice “h‘la” y cada día menos se escucha. Es demasiado contradictorio, demasiado contradictorio pensar que no me quiere, que me evade, que le irrito y sin embargo todos los días llega a donde sabe que estaré yo.
La paloma sigue allí y ya ha pasado una hora. Daniel sigue buscando en su bolsillo, pero esta vez busca un encendedor. Le quedo mirando, lo nota.
Sigo mirando, le miro durante diez minutos. Empiezo a sentir su incomodidad.
Saco mi encendedor y prendo fuego, prendo el fuego frente a mis ojos. Daniel cesa su búsqueda, vacila un rato, me mira. O quizás mira el fuego.
Daniel enciende su cigarro y nos miramos, soporto la desdicha en sus ojos durante quince minutos hasta que al fin, se ablanda.
-Gracias- me dice, succionando todo el cigarro que le queda, con fuerzas.
-Gracias a ti- le digo, le dejo mi encendedor y me voy.
Cuando empiezo a caminar pienso que ya no volveré a sentarme en aquel asiento y que tendré que comprarme otro encendedor. Cuando llevo medio metro caminando volteo a ver a la paloma, la cual al fin vuela, al mismo tiempo que Daniel se para del asiento yendo hacia el otro lado.

Putas palomas pienso, mientras saco mis audífonos.