lunes, 28 de noviembre de 2011

3333-0

Las olas azotaban sus pensamientos.
se veía en blanco y negro
pero mucho gris.

el calor le corrompía la cien
sentía el hálito de la fermentación
pero las olas azotaban sus pensamientos.

le vi venir una vez, otra vez
le vi venir diez veces
le vi azotarse contra mis pensamientos

las olas chocaban entre su cerebro y su cráneo
la vida se esfumaba en el humo de su alma
se escurría como una larva entre los dedos
se consumía como una vida en penumbra

Y lo vi venir, imperativo y artista
distinguido hasta los tobillos
lo vi llegar a mí
y se me incrustó en la mirada
como una mota que envenena la vista.



jueves, 17 de noviembre de 2011

Todos los miedos.

Lo vi correr en dirección hacia mi casa mientras me tomaba un café y miraba a través de mi ventana. Golpeteó la puerta con una descontrolada energía y asustada me dirigí a hacerlo pasar.
Desorientado y al punto del pánico me dijo que nunca había visto tantos caracoles, como los que había encontrado ese día bajo su cama.
El estruendo de mi risa rebotó tan fuerte en las paredes, que pensé que la taza de mi café se rompería.
Me vio con su falsa y simplona mirada de odio y me dijo que no había nada más repugnante que los caracoles. Él sabía que un día no muy lejano, terminaría muriendo por culpa uno de ellos y le aterraba la muerte, era tan espantosa, la podía imaginar, con su boca fruncida y grandes ojos azules, con las mejillas ásperas y las manos toscas, con el estómago lleno de almas y con caracoles incrustados en el pelo.
Me dijo que no entendía como los caracoles habían llegado a tal lugar de su casa, que él se preocupaba bastante de mantenerlos aislados que todo lo suyo.
Lo vi tiritando mientras decía "caracol" y rascándose el pelo cuando decía "almohada".
Lo escuché por tanto rato, hasta que mis párpados se cansaron de estar de pie frente a sus ojos.
Enfurecido me gritó en la cara que era la peor persona del planeta y que no debió confiarme su fobia contra los caracoles.
Le dije entonces que su historia era la más estúpida de todas las historias que habían pasado por las paredes de mi casa, que su vida no tenía ningún sentido y me puse pálida de ira cuando le dije que él lo único que hacía era hablar idioteces y arruinar mi felicidad y mi café.
No sé si alcanzó a sentir pena, o quizás mucha rabia o quizás nada. No me miró, no me habló, ni siquiera se movió, estaba ahí frente a mí, pero seguramente algo dentro de él había preferido irse con los caracoles antes de seguir observándome.
Pensé en pedirle las disculpas más sinceras que pudieron haber salido por mi boca, pero me arrepentí al ver su no-reacción.
Quedó así por tres minutos contados, hasta que me atreví a preguntarle si estaba bien.
Recuerdo sus palabras y el movimiento de sus labios tan bien que hasta podría dibujarlos, cuando me dijo "Vi cómo te transformabas en un caracol y quise huir tan rápido de aquí, pero mis piernas no me obedecieron".
Pensé que la simplicidad de su conversación era tal que ni siquiera merecía que le dijera "enfermo mental" a modo de insulto.
Entonces no hablé nada y fui por otra taza de café. Estaba bastante mal humorada como para seguir escuchando sus palabras, así que preferí quedarme un buen rato en la cocina.
Me sentía tranquila y aliviada, la furia se me iba paulatinamente del rostro y pensé en ofrecerle una galleta, hasta que escuché como me llamaba y me decía que había encontrado una amiga.
Fui rápidamente para ver qué era lo que estaba destrozando -siempre destrozaba cosas- y el terror me paralizó cuando vi a su amiga, negra, esbelta y de ocho patas.
Sentí cómo un millón de agujas clavaban mi cuerpo y me paralizaban de la cabeza a los pies. El oxígeno dentro de mí se puso tan denso que estuvo a punto de bloquearme la garganta. Quise correr muy lejos de allí, pero recordé sus palabras cuando me di cuenta que mis piernas no me dejaban hacer nada.
Le pedí por favor que la sacara de allí, que no soportaba a las arañas, que no eran mis amigas, que nunca iba a dejar de temerles.
Y entonces su risa fue aún más fuerte que mi miedo y me hizo recordar a los estúpidos payasos que viven en los circos.
"Eres tan simple, que no mereces siquiera estar loca" me dijo mientras salía por mi puerta llevando al bicho en la mano.
"Qué ironía" dije mientras mis ojos empezaban a gotear suavecito y sin apuro.


martes, 15 de noviembre de 2011

Estoy aburrida, pero no de ese aburrimiento de aburrido si no de ab-urrida.
Cuando separo la palabra aburrida como se me da la real gana, el ab me recuerda a mi profesora de lenguaje hablando sobre los orígenes del lenguaje y urrida, no sé, me suena a pájaros. Por eso estoy ab-urrida, ab-urrida de escuchar a mi profesora de lenguaje y ab-urrida de ver como los pájaros me cagan la cabeza.
Ayer pensé que hoy sería un día que me iba a inspirar a escribir las cosas que siempre escribo, pero no, es como una maldición, al final del día o al principio también, nunca sé qué escribir, de hecho ahora me gustaría escribir mucho la palabra hueona, pero se vería fea en mi blog.
Quiero comer chocolates o no sé, voy a drogarme con papas fritas a lo mejor, porque los cigarros ya no me sirven.
Ahora escribiría un "hueón me aburro de todo", pero también se vería feo.
Todo se ve feo, pero puta que estoy aburrida de escribir todo bonito.



domingo, 13 de noviembre de 2011

Azúcar

El cielo caía sobre la noche, estábamos al pie de las estrellas y las contábamos, una a una, hasta que las manos se llenaron de verrugas.
Nos miramos bajo los vestidos de la arena, le sonreímos a su entrepierna que se abría para nosotros, y sin disgusto fuimos en busca de la máquina para coser ideas.
Te dije que la máquina estaba averiada y que necesitaríamos llevarla a un servicio técnico, pero tú siempre eras tan atrevido que quisiste abrirla para ver si algún resto de idea se había atorado entre las piezas del motor.
Cuando vi lo oxidada que estaba quise llorar y abrazarla para que ya no estuviera tan seca, pero tú me dijiste que no lo hiciera, porque si la tocaba iba a oxidarme junto con ella.
Nos quedamos en silencio como si la noche hubiese absorbido nuestras voces hasta que me tocaste la rodilla y me dijiste que traías un chocolate en el bolsillo.
Te miré con grandes ojos de aceituna y dije que conversar contigo se sentía igual a comer chocolate.
Te dije que justo ese no quería comerlo, porque habías dicho que lo traías en el bolsillo, entonces yo había pensado que venía contigo a pasear un rato.
Te reíste de mí y dijiste que los chocolates no salían a pasear, entonces ahí quise llorar de nuevo, eras tan cruel.
Estuvimos allí jugando a reparar la máquina -siempre pendiente de no tocar el oxido para no oxidarnos- hasta que la noche se despidió de mí y tú me dijiste que te irías junto con ella, te dije que lo hicieras para que justamente hicieras lo contrario, pero eras tan obstinado que preferiste irte igual, sólo para verme sentada allí y fotografiarme con tu mirada.
Cuando te fuiste me dio tanto frío, que para calentarme un poco le hablé a la luna que casi dormida se quedaba, pero no me respondió. Entonces el sol me dijo desde una esquina que no había que hablarle a ella luego de haberla ignorado por hablar con un humano.
Me paré entonces para volver a mi casa pensando en que mañana cuando la noche vuelva a despertar a la luna, le hablaré y estaré con ella hasta que se vuelva a dormir.

sábado, 22 de octubre de 2011

Jalea.

La mayor de ellas dijo que se anidarían en aquel vientre. La menor tenía miedo de revolotear dentro de aquel lugar tan oscuro, las demás sólo querían bailar.
Son las abejas más odiosas que he conocido, pero son tan hermosas que cualquier ciego podría confundirlas con alguna mariposa de tonos otoñales.
Suena el aparato y las abejas murmuran entre ellas que "ha llegado el momento" ejercitan sus alas y voltean de un lado a otro sin dirección fija.
Hay días en que -de puro ocio- se les ocurre hacer miel, entonces toman un poco de sangre y la frotan entre sus delgadas manos, volviéndola tan dulce que hacen que el vientre entero se paralice de felicidad.
Les encanta morder lo que pillan en aquel lugar, nunca habitado por nadie. A veces le conversan a los restos de manzanas o a una que otra pelusa que ha de llegar ahí, sin embargo todos se pierden en el camino, se van sin destino fijo, mas ellas siguen allí, incrustadas en el vientre, haciendo miel y leyendo libros de luna.
Pero no están allí porque sí, cada vez que ven el vientre de donde eran antes, se ponen eufóricas y saltan y gritan pidiendo volver hacia allá, pero les aterra pensar que tienen que salir de aquel acogedor espacio en donde están, entonces sólo se dedican a mover sus diminutas alitas y cantar al unísono de los movimientos de aquel sitio que ven pasar y que a veces suele rozar su nueva morada.
Me aterra pensar que quizás nunca se irán del vientre en donde están. Aunque la miel sabe a rojo intenso, las abejas no entienden que este vientre no es su lugar porque no tiene nada de fantasías para beber y que mañana por la mañana ya no quedarán más libros de luna por leer.


martes, 18 de octubre de 2011

Ahora veo orugas radioactivas que maquinan insidiosos revoloteos en mi vientre a medio morir, para cuando maduren como los duraznos.

lunes, 17 de octubre de 2011

71

Insecticida para las abejas
libélulas, ¿Mariposas?
blasfemias.

Café para la vida
juventud, ¿Éxtasis?
moriría.

Un cigarrillo en la puerta de mi casa
una manzana en la mesa del vecino
mil pedazos en el estante, arriba.

Llanto jugando escondidas
Risa montando un camello
no puedo seguir el hilo
en la aguja de tus ojos.

vonito, bacío, hesponja
terror.

Insecticida para las libélulas
abejas, ¿Mariposas?
yo.


martes, 11 de octubre de 2011

9624

Escapa pero los pies se arrepienten
Mira con ojos grandes y desorbitados
esperando respuesta en las paredes
las acaricia y les pide perdón
huye, un muro la persigue
pero choca con el mármol frente a ella
el muro se acerca y Alicia se estremece de miedo
se enfría su cuerpo y tiritan sus labios
sus manos tiemblan y sus cabellos mueren
el muro la acecha
oculta su rostro tras sus manos, pero nada la toca
sus manos la consumen y cubren todo su cuerpo
y entre la oscuridad y sus líneas de vida se protege
el muro se acerca pero aun no la alcanza
se jala el cabello y mira hacia los costados
sólo hay paredes que hablan con la nada
Alicia tiembla de vida
los elefantes frente a ella
las oscuras y lúgubres paredes se le acercan
el mármol y su aspecto taciturno
las sombras en el cemento
el mármol nunca se aleja
el muro nunca llega.

sábado, 8 de octubre de 2011

Las tres de la mañana.

Hoy, cuando vi en mi celular -porque no me gustan los relojes- que eran las doce del día o de la noche o de la mañana -nunca he sabido bien como es- deseé desde lo más entrañable de mi alma que comenzara un día de otoño. Podría ser un día siete o un treinta, de mayo o de junio, no de Abril, porque ese mes trae mala suerte.
Podría ser un día nublado, de esos donde no hace tanto frío y las hojas bailan el canto de las aves de invierno. Podría ser un día donde tuviese cigarrillos en mis bolsillos y música en mi reproductor, para salir a encontrarme con la playa y con la gaviota que siempre espera por mí, aunque todos digan que se mueren luego, yo sé que no es así y que esa gaviota siempre está ahí para escuchar mis pensamientos y para que yo algún día cuando aprenda a dibujar gaviotas, le regale una fotografía.
Podría ser un día donde me encuentre una hoja seca de pura felicidad y cansada de tanto bailar, que quiera que la cambie de lugar y la deje junto a un árbol que esté medio verde, como siempre lo hago con las hojas en esa época. Pero no. Hoy no es otoño y los árboles no se desnudan mostrando sus manos amarillas y cabellos naranja. Hoy no es un día nublado donde mi gaviota esté esperando en el mar para leerme un pedazo de vida cada vez que me mira. No es treinta de junio ni siete de mayo y mucho menos es Abril.
Hoy es una mañana oscura de Octubre, donde las hojas no bailan si no que se esconden entre vestidos verdes para sonrojar a las flores que son tan exigentes y pretenciosas, donde el sol abruma mi cabeza pero me enfría el alma y me viste de gris y me pesa como el acero entre los metales que hay en las calles.
Hoy ya son las tres de la mañana de un día de Octubre, las tres de la mañana de un día de prima-vera, de a-mor, de dul-zura, de s-ol.
Si tan sólo me gustara la dulzura y el amor y la primavera y el sol, si tan sólo pudiese comprender a esas malditas flores caprichosas que hacen que las pobres hojas se disfracen, si tan sólo fuese Octubre, en cuenta regresiva.

sábado, 1 de octubre de 2011

Un marciano.

Entre montes, valles, penumbras
caminos, sonrisas, amores, besos, un marciano.
Vida, cual subversivo verso escondido tras una barricada anarquista
Fuego, cual tabaco encendido y consumido una fría noche de invierno
Simple, cual vocal moribunda, colgando de la boca de Silvio

Sonríe cuando estoy hastiada
y entre un sutil aroma a flores me revela su existencia
bajo caminos como paranoia oscura entre manicomios de lúgubres pasillos
me enseña que el alma es la sangre y la vida

Si su sola existencia bastase
para que la señal verdadera gobernara
en el silencio de los inciertos e impávidos seres del mando
entonces todos deberían tener un marciano de bolsillo.

viernes, 30 de septiembre de 2011

el pulso de mis venas viaja desde el centro hasta las orillas de mis uñas
busco tu boca pero sólo consigo tu sonrisa que muerde entre los cabellos de mi cabeza
me gustan los granos de arena cuando pasan entre tus dedos
como si cada grano fuese mi cuerpo
intoxica mis pupilas con las tuyas y toca mis entrañas con tu sudor
me gusta tu silencio y tu voz
me gusta la pestilencia de la sangre de un gato y me gusta tu color
cuando el azul se adentra entre mis ojos entonces sé que te vas
desde una parte de mi vientre te llamo, pero mi cerebro calla mi pesar
desde una parte de mi vida te deseo
pero yo no sé que es desear
el escupitajo de tus recuerdos me hace temblar
tambaleo entre las rocas, entre caminos y cielos
tropiezo con el pasado, pero tú estás al final
el pasado no importa, mientras seas el camino que me lleve al final
ecualiza tus sentidos y mis sentidos se inclinarán

miércoles, 28 de septiembre de 2011

16

Paso bajo la estrella enfurecida
que con fuego quema la punta de mi cabeza
soy un quince sin su vestido rosa
que miraba su blanco rostro desde una esquina
más me gusta el verde
su investidura era verde.

Paso bajo la estrella enfurecida
oculta bajo espasmos de tabaco
soy un dieciséis sin su película
que besaba sus delgados labios
escondidos tras su marca de vida

Paso bajo la estrella enfurecida
oculta bajo las lágrimas del cielo
cuando el cielo llora él llueve
la cordura me lo arrebató de los labios.


domingo, 25 de septiembre de 2011

Mi Amigo

Tengo un amigo que siempre me habla extravagancias mas yo me doy ánimo para escuchar cada una de ellas y en mi imaginación a veces suelen cobrar sentido. Mi amigo hace explotar su cabeza a diario y tiene que darse el tiempo de buscar los restos de ella. Me pregunta si he visto sus orejas o sus ojos en alguna parte de mi habitación con un tono medio burlesco, creyendo que yo no entiendo su manera de imaginar situaciones extremas, sin embargo él no tiene idea que nada está en su imaginación, que realmente todo está explotando y que en mis pies podrían haber restos de sus cejas. Pero no los hay, porque es difícil que un pedazo de él llegue a otra persona, porque los pedazos de él nunca llegan a nadie. Es por eso que quizás a veces antes de explotar se siente tan solo que se introduce en las habitaciones dentro de su cerebro, porque sólo allí se siente acompañado, porque todo él puede estallar dentro de su mente y ésta tomaría sus partes con cuidado y las guardaría.
En una de mis vidas quise poder tocar las piezas reventadas de la cabeza de mi amigo, pero no supe cómo hacerlo sin quemarme. Ni siquiera sabía por qué las veía y peor aún, por qué no me asustaba. Nunca le dije a nadie, pero habían noches en que su cabeza explotaba dentro de la mía y me desesperaba al punto de querer arrancarme los sesos, pero cuando lo veía y sentía que no podía tocar ninguno de sus pedazos realmente, me sentía triste, pero conforme.
Es curioso que sus pedazos no puedan caer sobre alguien y más curioso aún es que nadie vea que él explota, pero por eso mismo ahora es mi amigo, porque al fin pude entender, después de todas las veces que hemos muerto y nacido, porque ahora cuando revienta yo veo cada uno de sus pedazos, sin dejar que ninguno me toque.



jueves, 22 de septiembre de 2011

Primavera

Me gusta dibujar en mi mente caricaturas de Alicia con un largo vestido floreado, fumando un cigarrillo a orillas de un río, reflejándose en el pasto, con el rostro verde de pena, verde pasto.
Junto a ella un Tomás retratando el río, sin pedirle permiso ni nada. Alicia verde de pena, Tomás azul de alegría, Tomás es como el mar.
Ambos son medio miserables, pero cuando están juntos el pasto es alegría y el mar tristeza.
Mi dibujo de Alicia es medio abstracto porque no sé dibujar rostros, sólo sé dibujar carteras, pero si tuviese cara de cartera, entonces ya no estaría verde de pena.
Mi dibujo de Tomás no lo puedo describir muy bien, aunque lo tenga en mi mente. Mi cabeza me traiciona y pinta su rostro con esfumado.
Hay mucho pasto en mi cuadro y muchas flores, pero Alicia sigue verde de pura pena.
A ratos Tomás le habla, para mostrarle un retrato del cielo, Alicia le sonríe sin dejar de fumar su cigarrillo.
Ahora dibujo un cigarrillo consumido, Alicia vive tres veces al día y se fuma sus tres vidas.
Tomás la mira de vez en cuando y piensa en sus manos.
Las manos de Alicia son feas así que no las dibujaré, no hay que imaginarlas tampoco, Alicia ya no tiene manos.
Podría dibujar el vientre de Tomás aunque no fuese necesario. Es azul igual que él, suave como las nubes, dulce como un algodón de azúcar y delicado como sus ojos, adornado con su cicatriz de humano.
A ratos Tomás se duerme en mi dibujo y Alicia lo mira con entusiasmo. Dibujo ahora una Alicia con ojos negros y gigantes, de pupilas muy dilatadas y delatoras, esperando que Tomás no despierte todavía, sentada sobre una gota de sus lágrimas verdes de pena.
Me gusta el dibujo de Alicia mirando a Tomás dormido, así que concluyo mi trabajo y enmarco todas mis caricaturas terminadas, clavándolas en las paredes de mi imaginación. Me gustaría ponerles algún nombre, pero sólo eran Alicia y Tomás tendiéndose una mano, una mano que tenía las uñas muy largas.


miércoles, 14 de septiembre de 2011

Abril

Algunas veces me siento
miro mis manos
y veo tu vientre
veo tu vientre en mis manos
mis manos en tu vientre
mis manos son mi vida

Algunas veces me fumo un cigarrillo
te veo en el humo
en el humo veo tus labios
me fumo la vida
viendo tus labios
tus labios son el tabaco

Algunas veces lloro en el bosque
y te veo junto a un árbol
temblando de susto
un árbol también eres tú
el viento también me hace temblar

Algunas veces sonrío
y entonces ya no te veo
ya no eres vientre
ni labios, ni humo
ni tiemblas, ni lloras

Si me vieras cuando sonrío
lo hago igual que siempre
pero es abril todavía
es abril todos los días

martes, 13 de septiembre de 2011

Un árbol en otoño

Avanzan
van recorriendo el camino
empezaron todos conmigo
ahora todos son muchos

Se cansan muy rápido
la vida es una cancha de fútbol
a mi no me gusta el fútbol
y todos son pocos

voy a mitad del camino
ya nadie quiere ir conmigo
todos se han desplomado
dejaron todos sus pesares atrás
olvidaron su otra vida
encontraron una luz para brillar
Todos son nadie

Sigo mi camino
cuando ya todos se encontraron
yo sigo esperando
yo sigo en pie
como un árbol en otoño
que espera por su invierno

viernes, 9 de septiembre de 2011

Si hilamos palabras sin sentido entonces ¿Qué obtenemos? Un chaleco de recuerdos y de hilo, así como le gustan a Alicia. Ella no sabe que los chalecos de hilo no sirven en otoño y como le gusta tanto hablar con las hojas secas que se enojan con los árboles, se olvida que siente frío en toda aquella época. Pero este chaleco sería distinto, sería de hilo por supuesto, pero de hilo de palabras sin sentido, recuerdos sin sentido, pensamientos, en fin, a la gente le gusta las cosas sin sentido, como si la vida viniese con un manual de "cómo quitarle sentido a tu existencia".
Podríamos aprender de igual forma a zurcir un pantalón con emociones.
Alicia es muy torpe, siempre rompe sus pantalones, los lleva donde el sastre que sólo ocupa su tiempo en coquetear con su máquina de coser y ni se esmera en hacer bien su trabajo de zurcir. Ahí es cuando entonces deberíamos aprender a zurcir pantalones con emociones. Si estás triste, arregla tus pantalones con tu tristeza y si estás feliz también. Todas las personas desean estar triste siempre, como si sólo la tristeza supiese zurcir un pantalón.
Finalmente los zapatos nos miran con expresión indiferente. Piensan que no podremos hacer nada con ellos, sin embargo, deberíamos aprender a no usar zapatos.
Los pies de Alicia son muy delicados, viven enfermando, a veces se resfrían y engordan como si hubiesen comido un refrigerador completo. Entonces Alicia los arropa bien y los envuelve en muchos vestidos y zapatos. Ahí es cuando los pies de Alicia lloran. Odian los zapatos y como ellos no tienen boca, no pueden defenderse.
La gente piensa que sus pies están felices con zapatos, siendo que los pobres lloran y lloran todo el tiempo y al final del día, por fin, descansan.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Entre tréboles volví a ver las manos de Tomás
el día iba de la mano con mi alma
pero la felicidad era chiquitita

Cuando veo a Tomás no quiero que se vaya
pero la felicidad es chiquitita

Tomás no existe, he mentido
yo lo inventé y lo enamoré
yo lo vestí y lo desvestí

Tomás no existe para nadie sólo para mi
lo he visto entre verde y azul, con un pañuelo grisáceo
lo he sentido entre manos y uñas
lo he desterrado de mi vientre y de mi luna

Tomás siempre vuelve, menos hoy
porque hoy la felicidad ya no es chiquitita
porque hoy no he secado mis pulmones
porque hoy, hoy no soy interesante.

Tomás no importa si vienes y no me hablas
no importa si vienes y no me miras
sólo quédate a mi lado, con un cigarrillo y una sonrisa
y yo seré feliz, te prometo que seré feliz.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Siempre

El día estaba bastante frío como para que Siempre tocara la puerta de mi morada. Años habían pasado desde la última vez que nos habíamos visto, sin embargo golpeteaba de la misma forma que cada noche recordaba. No pensé verla ese día, Siempre era tan impredecible, mas yo la conocía perfectamente y no solía llegar los días fríos de invierno. La última vez que conversamos me había dicho lo mucho que gustaba de la primavera, por eso viajaba tanto, para eternamente estar en aquella abrumantemente floreada y alegre época y no tener que soportar el desolador invierno.
Vacilé un segundo. Quizás estaba confundiéndola y sólo era alguien que sabía tocar mi puerta perfectamente igual a cómo tocaba Siempre, sin embargo al escuchar un sutil "ábreme" supe de inmediato que era Siempre, mi Siempre. Cuando la vi allí en el umbral de mi puerta me pareció no reconocerla, su belleza era intoxicante y lograba envenenar cada uno de los poros de mi cuerpo.
No entendí porque la veía tan atrayente tomando en cuenta que la última vez que nos vimos se veía bastante disminuida. Quizás su presencia me agotaba, y ahora me sentía bastante ridículo al pensar aquello. Siempre era la más bella de todas y yo me abrumaba con su existencia.
Me sorprendió cuando ella me dijo que necesitaba hablar conmigo, que necesitaba estar en mí, ya no podía seguir siendo una nómada, tenía que estar en un lugar fijo y el lugar más calentito que conocía era mi feo corazón.
Le digo feo ya que los corazones no son como los dibujan en las libretitas, si no más bien son bastante feos, amorfos, rojos e inseguros, viven temblando y son demasiados importantes como para que me gusten.
La miré sin expresión, o con una expresión de asombro bastante vaga y la dejé inmiscuirse en mí, a fin de cuentas, a mi me encantaba Siempre y no tendría ningún problema en tenerla en mí hasta que se le diera la gana.
Por desgracia todo esto pasó en la misma época que conocí a Tomás y la muy ingenua de Siempre se enamoró de él. Aún no entiendo que le vio, pero cayó rendida a sus pies, como si en él se encontrara la eterna primavera, pensé que me dejaría, que se iría con él, pero en realidad me condenó, al caer ella, en consecuencia, caí yo. Nunca perdonaré a Siempre, yo la amaba, pero ella me traicionó.

Tomás te amaré por Siempre, toda la culpa la tiene Siempre.

martes, 30 de agosto de 2011

Historia de Elizabeth y las globitaciones

Cuando conocí a Elizabeth ella no sabía nada de globitaciones.
Elizabeth era muy pequeña y casi podía tocar el suelo con la punta de sus cabellos tornasoles. Todos los días me visitaba y me preguntaba qué juego nuevo le tenía preparado. Me encantaba jugar con Elizabeth porque ella entendía muy bien mis jugarretas y no se espantaba cuando le comentaba sobre las descuartizaciones que había cometido en mi vida.
Algunas veces cuando era menguante de luna, Elizabeth se ponía muy triste y me contaba que estaba cansada de ser persona, entonces llorábamos juntas por muchos días, semanas quizás, hasta que Elizabeth me decía que quería un helado, entonces yo secaba sus lágrimas y le compraba un helado gigante color rosa, como a ella le gustaba.

Ese día yo le estaba enseñando a descuartizar hormigas con un fósforo. Elizabeth odiaba a las hormigas, pero escuchaba y veía atentamente lo que yo decía y hacía.
-¿Cuándo me enseñarás a amar de nuevo, Alicia? me preguntó de pronto. Mi corazón se apretó y se desaceleró al punto que ya no quiso seguir bombeando sangre. Me puse pálida de terror y le dije que yo no sabía qué significaba eso. Elizabeth me miró con sus grandes ojos y me dijo que la hormiga se había escapado. Nunca más mencionó la palabra amor frente a mi.
A modo de cambiar de tema, tomé una nueva hormiga y comencé a hacer mi trabajo.
-Y entonces cuando descuartizas una hormiga, ésta se convierte en una globitación y viaja por todo el universo hasta que se aburre y entonces vuelve a ser hormiga- le explicaba yo mientras partía en dos al bicho.
Allí fue cuando una desafiante Elizabeth me dijo: -¿Por qué nunca me habías hablado de las globitaciones? Entonces yo le expliqué lo que eran las globitaciones.

Las globitaciones son invitaciones de cumpleaños hechas de globos, que se dan a las personas más pequeñas, las que pueden meterse por tu ombligo hasta llegar a tu corazón y allí se quedan por toda la eternidad. Le dibujé a Elizabeth una globitación y le dije que nunca le diera una a cualquier persona.
Elizabeth estuvo diez días y dos horas dibujando globitaciones de distintos tamaños y colores, hasta que un día me miró y me dijo de forma muy seria y convencida, tanto así que mi corazón se aceleró al ver su cara sin ningún rastro de color rojizo, siempre en ella.
-Quiero romper una globitación, Cuando se rompa no lloraré más y tú no tendrás la necesidad de llorar conmigo-
Le dije entonces que a mi me encantaba llorar con ella, que era uno de mis juegos favoritos y que las globitaciones no podían romperse, por eso eran tan especiales.
Podría estar todo el día describiendo la tristeza y desilusión que se dibujó en el rostro de Elizabeth y aún así no la comprenderían. Nadie entendía a Elizabeth, solamente yo, porque nuestras almas tenían la misma edad, porque hablábamos de cosas que nadie más hablaba y nos reíamos con cosas que a nadie más le causaban gracia.
Yo comprendía y quería mucho a Elizabeth porque a veces también me cansaba de ser persona y porque ella siempre me sonreía, por eso le había regalado la más hermosa de las globitaciones, ya que Elizabeth era tan pequeña que podía tocar mi corazón.

jueves, 18 de agosto de 2011

Farsa

La puerta se abrió
En cada uno de los susurros de las calles
Sucios, moribundos
Candados casi cerrados de espanto

La felicidad consumió su cuerpo
Olvidó el pestilente olor de sus reminiscencias
Creyó en la puerta abierta al centro absoluto del dolor
Entró

¡Que obscuridad resguardada en aquel lugar!
Cual abismo propio de pesadillas colectivas
Se sintió olvidada en el vacío
El aroma del olvido le recordaba cosas maravillosas

Hogar encontró en aquel interior
En vano el hielo cubría su ardiente corazón
Sintió el sutil deseo de obtener aquel efímero sentimiento
Convertirlo en eterno
Eterno dolor.

Las calles mojan las aceras olvidadas por el dolor
La vanidad agota los asqueados retratos del dolor
La vida, el cielo, la tierra
La puerta y el candado
Todos recuerdan el dolor
El dolor que ahora suelen llamar amor

¡AY! Qué saben ellos del amor.


lunes, 25 de julio de 2011

Tomás

Cuando mi vida tenga ojos y advierte mi pesar entonces comprenderá.

Cuando te vayas los gritos de los niños ya no sonarán
mis amigos extrañarán tu compañía
mis ojos extrañarán tu cabello
mi hígado extrañará tus vicios
mis pulmones secarán su soledad.
Cuando te vayas mis manos extrañaran tu vientre
y mis lágrimas se extinguirán.
Cuando te vayas le daré dinero a todos
y mi irresponsabilidad conocerá la libertad.
Cuando te vayas tu cama olvidará mi silueta
y mi ciudad extrañará tus retratos.
Cuando te vayas mis labios extrañarán tus manos
Cuanto te vayas
¡Que será de mi cuando te vayas!
cuando te vayas mi alma no se cansará de extrañar
cuando te vayas olvidaré que tengo corazón
cuando te vayas sabré que Dios ya me abandonó
cuando te vayas por favor no te vayas.

Darejlesansrlopinmeesprioecro.

lunes, 4 de julio de 2011

Un día de vida

La calle es ciega, fría, oportunista de vez en vez. Abres un poco la ventana de tu reducida casa, miras hacia fuera y entonces escuchas el susurro infinito de los árboles que enamoran a las oscuras nubes. Sientes envidia. Evades tus pensamientos a fin de seguir con la monotonía de tu día, de tus meses, de tus años. Piensas en qué harás mañana, si es que hay mañana. A modo de trivialidad quizás, ya que los mañanas no varían en tu vida. En ciertas ocasiones maldices tu suerte, y entonces eres feliz, pues maldecir lo que tienes nunca ha sido un hábito y te deja respirar, un poco, fuera del mar de tu rutinaria vida.

Piensas si sería mejor conseguir un abrigo largo y frondoso, las noches de invierno suelen congelar a medias, el cuerpo tibio de los seres humanos, pero luego entiendes que no tendría sentido conseguirlo, pues tu alma está aun más fría que el agua que se azota contra las aceras. Es ahí cuando te entristeces por una milésima de segundo y extrañas tu estufa. Volteas mirando hacia el interior de tu casa y vez allí el aparato, apagado, inútil, no calentando a nadie. Nunca conseguiste mantenerla prendida, contigo, por más de media hora y entonces piensas: “todas las estufas son iguales”. Sabes que tu posición es bastante extremista y errónea, pero creer en eso te hace sentir un tanto más joven e inmaduro.

Has llegado a un instante en tu vida donde te encuentras en una oscura habitación sin salida, que algunos denominan mente. Un momento en el cual, aunque te resistas, te absorben tus propios pensamientos y ya no sabes si abordar a ellos es la mejor o la peor opción.

Has llegado a aquel momento de tu vida en el cual te arrepientes de haber matado alguna vez tu tiempo y añoras volver a aquella época en la cual la vida te insistía en que vivieras de manera liviana, sin embargo malgastabas tus horas pensando en los pequeños problemas que aquejaban tu existencia.

Te sientes inútil. Vuelve hacia ti tu propia imagen de adolescente a modo de flash back y sientes como la vida se te iba de las manos paulatinamente. Te ves a ti mismo vuelto una especie de zombie, un muerto caminante de película de terror barata, un ser inmiscible que trata de inmiscuirse en una sociedad que va en contra de cualquiera de sus pensamientos, un típico adolescente, como te catalogaba tu psicóloga, justamente olvidando cuan absurda y maldita resultaba ser esa frase para un joven como tú.

Es justo en este instante cuando lloras. Miras tu vacía ventana y lloras todo lo que lloraste en aquella joven vida, pero ahora lo haces con una verdadera razón. Ahora tus lágrimas cobran sentido cuando caen por tus mejillas y se vuelven nada más que agua salada entre las bisagras. Y de cada uno de los vestigios de tus recuerdos, haces testigo a aquellos pajarillos que a ratos vuelan libres frente a tu casa. Les muestras a través de tus ojos, cómo desearías volver a ser libre y joven como ellos. Entonces un escalofrío recorre cada uno de los fríos espacios de tu cuerpo, y piensas que quizás estas resfriado, resfriado de recuerdos hirientes de una vida malgastada.

Volteas nuevamente y miras el interior de tu casa. Desearías llamarla hogar, pero allí dentro no existía más que un frío ser humano, que se había negado a amar. Te arrepientes de no haber visto el amor que te entregaba la luna todas las noches, de no haber visto el amor que emanaba de las flores en primavera, el de las hojas secas en otoño, y por supuesto el gran amor que siempre venía con aquel sutil aroma a… mar.

Miras tus manos, en las cuales se dibujan todos los años malgastados que han pasado por ti, todas las personas que has dejado ir y todos los errores que cometiste en los cuales el tiempo ha dejado su cicatriz por haberlo matado. Y es justamente ahora -cuando ya no crees en milagros- que desearías desde lo más profundo de tu dañado corazón, tener nuevamente un sólo día de tu joven vida.

viernes, 29 de abril de 2011

Veinte y seis

El suelo recorre un sentido descolocado, el viento palpita dentro de mis pupilas, tu piel se asemeja al paraíso del infierno, rasguño tu sombra, pero ella se aleja, buscas ser ecuánime, pero no lo consigues, oh! ven aquí, algún día dije que se hiciera lentamente, ahora ya no estoy siendo, no soy un pañuelo, ni un color, ni un estilo, no soy, he muerto, me he ido, me he hastiado, ¿Por qué ya no quieres ser aquí?, ¿Acaso no te gustó existir?. Que frágil, que fácil, ETERNO. Cuando eres el elegido pero nadie te avisa, HORROR. Que inevitable la lucha.
Satisface a la primavera que mientras tanto yo seguiré lidiando en la faz de mis oscuras calles deshojadas.

lunes, 7 de marzo de 2011

Una taza de café

Cuando la imagen de Alicia vino a su mente, él ya no supo que hacer. Se estremecía por cierto. A veces, solo a veces, le recorría un terror tan grande, que hacía que cada uno de los poros de su velluda anatomía, se englobaran, erizando cada uno de sus innumerables pelos. Esta sin duda era una de esas veces. Pero él no se daría por vencido. Su vida ya no giraría entorno a Alicia.
-Ya, déjame en paz Alicia- murmuraba para sí aquel hombre, borracho sin duda, sin ningún sentido de la realidad. -Alicia... Alicia- Continuaba murmurando por lo bajo, para sí mismo, como queriendo no olvidar aquel nombre, pero si olvidar el aspecto de quien lo llevaba.

Alicia, que hermosa era Alicia, cuando sonreía y encorvaba sus ojos como si fuesen dos mitades de sandías volteadas, las cuales se entre abrían mostrando un color negro como las pepas y brillante como el agua. que hermosa era Alicia, cuando caminaba y sus pronunciadas caderas bailaban al son de sus vestidos cada vez que iba al pueblo a buscar víveres. Como aquel día, en que se alistó más que nunca pues iba a encontrase con él, aquel hombre que alababa sus gruesos labios, que se excitaba con sus delicadas piernas, que la halagaba día y noche en sus pensamientos, en sus sueños... en cada una de sus fantasías.
Alicia quería que aquel día fuese inolvidable, quizás no conocía el nombre de aquel sujeto, pero conocía sus manos, aquellas gruesas y fuertes manos, que la hacían temblar de lujuria, que la llamaban cada vez que iba al pueblo, que la amaban.

-Si no te quieres ir, podrías ayudarme a preparar una taza de café, Alicia- seguía diciendo para si mismo aquel hombre, pero como si si mismo fuese en realidad Alicia. lo decía con un tono de frustración y ansiedad, o quizás terror, un terror inmenso, que le hacia tambalear la voz, como si Alicia fuese el mismísimo demonio. Y entonces lloró. el alcohol que le embriagaba las venas hacia que cada una de sus saladas lágrimas saliesen de sus ojos como si estos fuesen una nube, una negra nube a punto de reventar. - Andate Alicia ! - gritaba esta vez hacia aquella mujer que yacía en su cabeza, aquel demonio que atormentaba sus pensamientos. Y gritó tan fuerte, como si desease desgarrarse la garganta, para así no poder vivir, para así olvidar a la mujer en sus pensamientos.

Alicia ese día pasaría a la carnicería, compraría pulpa de cerdo y quizás uno que otro pedazo de lomo vetado para darse un gustito, y luego correría rauda hacia aquellas manos, hacia aquel hombre al cual pertenecía. Sin embargo se demoró un poco, pues tuvo que ir a otra carnicería, ya que a la que siempre iba estaba cerrada. Cuando finalmente llegó al lugar del esperado encuentro él no estaba allí como acostumbraba a hacerlo puntualmente. Entonces Alicia se estremeció. Quizás se había retardado simplemente, pero no pudo dejar de lado la pena que la invadió. fue como si miles de agujas le clavaran cada uno de los rincones de su cuerpo, deseo desmayarse, aquellas agujas dolían, dolían más de lo que dolía la ausencia.
Cuando por fin las agujas ya no pinzaban, cuando ya no las sentía, abrió sus ojos y a su sorpresa, se hacía notar aquel hombre, el dueño de aquellas manos, aquellas grandes manos que le excitaban hasta lo mas nimio de su anatomía.
-Tardaste- decía Alicia mientras miraba cruel y fijamente a aquel hombre.
-Lo sé, lo siento- Respondía él, evadiendo preguntas y entregándose a ella, entregando sus manos.
y entonces ahí, ella lo supo. Esas manos debían ser de ella. ella no extrañaba a aquel individuo, sino más bien a aquellas manos, quería poseerlas, no esporádicamente, si no más bien siempre, hasta la eternidad.
-Vamos- dijo por fin ella, dirigiéndose hacia un lugar que aparentemente ambos conocían.

-Nuevamente fracaso mi taza de café, que viejo estoy ya- seguía murmurando hacia él mismo aquel hombre, aun ebrio. Se disponía a sentarse en una pequeña silla de madera, la cual pegada al piso se encontraba justo frente a la ventana. Lograba divisar claramente la luna llena que se posaba en el cielo aquella noche.

Cuando llegaron a aquel lugar, el hombre miró a la mujer, tan hermosa, tan viva, tan radiante, sin saber que sería la ultima vez que la vería así, quiso recordar esa imagen por siempre, aquella belleza por siempre, guardar la hermosura de aquel rostro angelical y despiadado.
-Tócame- susurró Alicia y sin mayor resistencia aquel hombre entregó sus manos a ese hermoso cuerpo.
Entonces Alicia se embriagó. su cuerpo se estremeció y deseó, deseó más de lo que deseaba a la vida. esas manos eran de ellas, solo de ella.
Y entonces mientras él la tocaba, con cuidado, con amor, con pasión, con lujuria, ella se las arrebató. le arrebató ambas manos, con una fuerza monstruosa, que la hizo vomitar, vomitar de dolor por el esfuerzo, vomitar la lujuria, vomitar los deseos, vomitar el sentimiento. Por fin, aquellas manos, por fin, eran de ella, única y exclusivamente de ella. y luego experimentó la satisfacción, una satisfacción tan grande y placentera que la hizo dormir, se durmió, con las manos ensangrentadas en sus pechos, se durmió con su amor en sus pechos, con el dolor de aquel hombre en sus oídos, se durmió, embriagada de satisfacción y felicidad. Por siempre.

Ese día la noche estaba estrellada y aquel hombre recordó aquel fatídico día y al diablo por última vez en su vida, sentado en aquella silla, recordando que ya nunca podría hacerse una taza de café, mirando la luna llena.