domingo, 12 de mayo de 2013

Las estúpidas razones

Tengo un libro. 
Este libro será mi mejor amigo. 
Nos entendemos muy bien y me escucha cuando ya nadie lo quiere hacer. 
Este libro será mi mejor amigo porque cuando culmina el día y siento la satírica alegría de los que son felices con su cansancio, él me acogerá con su nostalgia y me aliviará un poco la presión de tener que pertenecer a mí misma. 
Este libro será mi mejor amigo porque no se sentirá como hablarle a la nada cuando conversemos, porque me regañará, me contradecirá y, sin embargo, me amará, me amará con cada espacio de su cuerpo y amará que hojee cada una de sus páginas, aunque si no me amara, incluso si me odiara igual sería mi mejor amigo, porque al menos odiándome demostraría que de alguna forma le intereso, que le importa todo lo que hago.
Este libro será mi mejor amigo y nos sabremos llevar muy bien, ya lo veo en su portada, con sus letras gigantes imponiendo lo que no debo hacer, pero que haré igual. 
Este libro será mi mejor amigo precisamente porque es un libro y no un ser humano, precisamente porque al ser un libro jamás me abandonará, jamás me dejará solo en algún lugar sin retorno, jamás se va a apartar cuando necesite llorar, será mi mejor amigo un libro, un libro que me entregará tanto y más de lo que yo le entregaré a él, será mi mejor amigo porque jamás me hará vomitar.

martes, 7 de mayo de 2013

XXXXX

(Aquí debería ir tu nombre):

       Me encuentro justo a un metro de los pies de tu mentón y siento cómo el veneno corre como agua por mis venas. Me gustaría palparte la boca con los dedos o con mis labios, quizás. 
Advierto que deberías dejarme abrir tus ojos, dejarme abrir tu pecho y tu corazón. Aunque suene pérfido y cause escalofríos, déjame tocarte la sangre para enfrentar el miedo. Porque es válido que el miedo se deposite en ti o en tu vientre y que haga presión desde dentro hacia afuera, por eso es bueno abrir el pecho, dejar salir la presión y que junto a ella salga la mitad del miedo, la mitad, no por completo, ¿Entiendes? 
Si me preguntas siempre responderé que no. Pienso que no es bueno buscar paraísos y, por las noches, cuando tengo la cabeza entre mis rodillas, me siento ligeramente en el infierno. Por eso es que no quiero que respondas al llanto que aparece en mi pecho y que a veces es tan evidente, porque ser mártir me gusta. Tampoco quiero que laves los harapos de mi cerebro así es que desvía la indiferencia. 
Soy ingenua, ingenua igual que las golondrinas que confían en los gatos y vuelan bajito, sin embargo, no necesito de ningún cuidado para sobrevivir. 
Admitiré, quizás, que me gusta tu inocencia, la inocencia con la que piensas que necesito algo más que la mera infección que destilas. 
Necesito que mires a mis pupilas y descubras que sólo quiero que lleves tu enfermedad a mi cuerpo con el virus en tus ojos y que la pasión se vuelva virulenta por un minuto o quizás por toda la vida. 
Necesito que sepas que, aunque estoy a un metro de los pies de tu mentón (sí, así tan lejos), si me infectas podré acercarme todos los días un centímetro más, aunque aún no tenga claro a qué es a lo que me voy a aproximar. 


(Aquí debería ir mi nombre)