Me gusta dibujar en mi mente caricaturas de Alicia con un largo vestido floreado, fumando un cigarrillo a orillas de un río, reflejándose en el pasto, con el rostro verde de pena, verde pasto. Junto a ella un Tomás retratando el río, sin pedirle permiso ni nada. Alicia verde de pena, Tomás azul de alegría, Tomás es como el mar.
Ambos son medio miserables, pero cuando están juntos el pasto es alegría y el mar tristeza.
Mi dibujo de Alicia es medio abstracto porque no sé dibujar rostros, sólo sé dibujar carteras, pero si tuviese cara de cartera, entonces ya no estaría verde de pena.
Mi dibujo de Tomás no lo puedo describir muy bien, aunque lo tenga en mi mente. Mi cabeza me traiciona y pinta su rostro con esfumado.
Hay mucho pasto en mi cuadro y muchas flores, pero Alicia sigue verde de pura pena.
A ratos Tomás le habla, para mostrarle un retrato del cielo, Alicia le sonríe sin dejar de fumar su cigarrillo.
Ahora dibujo un cigarrillo consumido, Alicia vive tres veces al día y se fuma sus tres vidas.
Tomás la mira de vez en cuando y piensa en sus manos.
Las manos de Alicia son feas así que no las dibujaré, no hay que imaginarlas tampoco, Alicia ya no tiene manos.
Podría dibujar el vientre de Tomás aunque no fuese necesario. Es azul igual que él, suave como las nubes, dulce como un algodón de azúcar y delicado como sus ojos, adornado con su cicatriz de humano.
A ratos Tomás se duerme en mi dibujo y Alicia lo mira con entusiasmo. Dibujo ahora una Alicia con ojos negros y gigantes, de pupilas muy dilatadas y delatoras, esperando que Tomás no despierte todavía, sentada sobre una gota de sus lágrimas verdes de pena.
Me gusta el dibujo de Alicia mirando a Tomás dormido, así que concluyo mi trabajo y enmarco todas mis caricaturas terminadas, clavándolas en las paredes de mi imaginación. Me gustaría ponerles algún nombre, pero sólo eran Alicia y Tomás tendiéndose una mano, una mano que tenía las uñas muy largas.