viernes, 21 de diciembre de 2012

El Nudo

La ínfima ciudad me habla a veces de ti 
Recorro junto a ella lo verde y lo morado
El olor a gato recién nacido
El sabor del algodón de azúcar
El perfume de hom-ujer 

Y el ombligo sonríe cuando te ve 
Y duele, duele hasta la cicatriz en las entrañas 
Y la jalea implora amar, llora en las noches 
Ríe en las tardes, suplica al mediodía
Pero cada tres días se emborracha 
Y ya no suplica, no llora, ni ríe, ni ama 

Y estás entre mis ojos
Y me haces un nudo entre los dedos
Cada vez que buscas y preguntas
Un nudo en el cerebro cada vez que hablas
Un nudo en el estómago cuando ríes
Un nudo en mi vida cada vez que respiras

Y no puedo romper el nudo 
No puedo robarte mi vida
No puedo vomitar los días. 


sábado, 27 de octubre de 2012

Adol-escencia

Estábamos con los ojos abiertos y las manos embarradas. Jugábamos con las flores en las calles o con la pelota del vecino y nos enojábamos con todos, pero a nadie le importaba porque nos gustaba más andar juntos que estar peleados. 
Nos queríamos porque sí, porque llevabas un lindo vestido, porque cuando sonreías se te veían los dientes chuecos o porque te había dado un chupete de naranja. 
Pero no estábamos conformes, queríamos caminar  a pasos agigantados y soñábamos y deseábamos ser gigantes, como la mamá cuando preparaba la comida y ordenaba las camas o como el papá cuando caminaba rapidito por Concepción. 
Querer ser grandes nos llevaba a pasos agigantados al abismo, querer construir el mundo sin ayuda de nadie, poder hacer castillos de arena sin que la mamá fuera en busca del agua porque el mar era peligroso, o poder estar jugando en el pasto sin que el papá dijera que había que entrarse para acostarse. 
Los pies sudados, las manos sucias, el polerón con comida, los cachetes con caramelo, los amigos de la calle, los perros de la vecina, el gato que siempre nos acompaña, la mamá en la ventana. No necesitábamos nada y aún así deseábamos crecer, como si sólo al adolecer y al envejecer pudiésemos encontrar la libertad. Como si ésta misma no hubiese estado allí, frente a nuestros juguetes.

sábado, 13 de octubre de 2012

Agua

Eran las nueve y te acercaste con los pies descalzos. Me miraste tan fijo y tan cerca; podía percibir el miedo que hacía que te temblaran los deditos. Y lo percibía no porque tuviese un sexto sentido sino porque hacías que se movieran los granitos de arena y algunos saltaban hasta mis tobillos. 
No sabía cómo preguntarte o preguntarme. Acaso la vida se confundía y nos jugaba una trampa indecorosa. Acaso temblabas por frío y no por miedo. 
Todavía a las once seguías temblando. ¿Te presto mis calcetas? No te hablo nada, ni con la mirada. 
Ya a las doce te rendiste y me tocaste el pelo. Se sentía suavecito en los pensamientos; te miré para hablarte así como nos gustaba a nosotros. 
Pero entonces a la una el cabello empezaba a bailar junto a los vellos de mis brazos,  porque el viento era altanero y orgulloso.
Te arropé en mi vientre para que no temblaras. Te abrigué como lo más vulnerable, como lo que no se puede tocar.
Y ya no importaba si lo que te convertía en gelatina era miedo o frío, no importaba si hablabas o no hablabas; porque te habías acercado a mí descalzo y eso estaba por encima de cualquier miedo, de cualquier viento, de cualquier pensamiento. 


lunes, 27 de agosto de 2012

La costumbre

Se puso en posición de sermonear y habló:
- No sé bien, pero las tempestades en mi cerebro me han negado la capacidad de ver algunas cosas con respecto a ti y a todo. Porque ciertamente es más cuerdo pensar en qué resultado obtendré en el examen de mañana a pensar cuando volveré a ver tu chaleco entre los granos de arena. Y no hay nadie más cuerdo que alguien que se da cuenta de aquello. Como yo, por ejemplo, que a veces olvido hasta lo que es volar entre gaviotas y me pongo a pensar en qué llevaré de almuerzo mañana. O si me compraré cigarrillos baratos o cigarrillos caros. 
Por eso me gusta cuando recorro las calles de mi ciudad, porque con ellas vuelvo a recordar cómo se sentía sublimar y no hay nada más triste que un ser humano que ha olvidado lo que es sublimar en un día de primavera frente al mar. 
O frente a cualquier parte. Hemos olvidado que el verde es más importante que no encontrar asiento en el bus y es bastante angustiante ver cómo somos de homogéneos, como el agua con el azúcar. Hay señales por todas partes, pero no las vemos, Querida Alicia, no vemos lo que se posa ante nuestro ojos, por preocuparnos de aquello que está más allá de nuestro campo visual.
Alicia le miró los ojos
- Me quieres decir entonces que ¿Aún piensas en el chaleco que usaba aquél día en la playa?
-Es eso justamente de lo que hablo, cada día nos hacemos menos susceptibles a cambios y a reales observaciones y es bastante cómico que sólo repares en ese detalle sin fijarte en la consistencia de lo que acabo de reflexionar.
- No es lo mío reflexionar, Martín, lo sabes. Sabes todo de mí. A veces es mejor ir pensando en chalecos y cigarrillos o en tu boca, que hoy se ve tan linda.
- Realmente no sé nada de ti, por ejemplo, no sé por qué arrugas la nariz cuando sonríes. 
- Creo que yo tampoco lo sé
- Exacto, entiendes mi punto?
- No entiendo a qué quieres llegar
- al final, Alicia
- al final de qué?
- al final de ti y de ellos.
- Y si no hay un final? 
- Seguiremos pensando en cigarrillos y seremos menos felices. 

viernes, 24 de agosto de 2012

25

Recuéstate un rato aquí
Aquí, sobre mi vida
Sobre el rojo en mis mejillas
Recuéstate un rato y miremos las nubes
Aunque no sé si sabes que me aterran
Pero me tapas los ojos con la sonrisa.

Ven, descalzo para poder verte
Para recostarme sobre tu pecho
Mira hacia el arcoiris que inventamos
Juguemos a la escondida, pero sin encontrarnos
Juntemos pedazos de colillas y las dejamos sobre la tierra.

Ven, recuéstate un poquito
Olvidemos que tenemos que existir todos los días
Recuéstate conmigo
Escupamos sobre la furia, sobre la alegría
Golpeemos los obstáculos, la maldad
Y cuando llegue el final, nos levantamos
Y jugamos a que flotamos.

Flotamos sobre los árboles cortados
Sobre la tierra húmeda
Flotamos hasta ni sentir el olor a pasto fresco
Y me enseñas que las nubes no son tan feas.

Lloramos, tú, yo y el cielo
Y en diez segundos caemos.
Caemos, viejo, caemos
Caigo entre tu espalda y el suelo
Tú te azotas en el cemento
Y nos curamos las heridas
Todos los días.

martes, 24 de julio de 2012

256

No recuerdo la primera ni la última vez
No recuerdo ayer el orgasmo al tacto, hoy el templo
La puta iglesia
No recuerdo por qué ayer la fantasía, hoy la -alegría-
No sé si hoy la vida o ayer la vida
En ese árbol, pero no recuerdo esa piel
Ese odio, las miradas y las calles
La enfermedad
Las hormonas, complicidad o destino
El asco infinito
Escasea el rojo en la sangre
La falta de vino
Vida-vino o los cigarrillos
El verde en los zapatos
La estupidez, bendita no tan santa
No recuerdo cómo era cuando era
Ni cuando dejó de ser
Está en la garganta, como vestigio del resfrío
Recuerda que cuando era, éramos todo
Apaga la luz de las velas, viene la nada.



sábado, 14 de julio de 2012

La Ira


Y te encuentres en él y caigan los pedazos de piel al suelo. Que sientas esa amargura en la boca, el movimiento -movimiento- y que la infección en el corazón, en el cuerpo, se te incruste en la mirada y te la envenene, la sientas como negro alcohol, cayendo hasta tu vientre y te consuma el deseo de entre las piernas. 
Y ojalá duela cuando las rodillas rocen la alfombra, cuando rocen tres veces y cuatro y la bestialidad te arranque los sesos, los pocos sesos. 
Y te arranquen hasta la brutalidad desde atrás hacia adelante, de afuera hacia adentro y te arranquen el mundo y te sientas tan bien en la periferia, pero asqueroso en el centro.
Que las reminiscencias se te graben en el cuerpo, la infelicidad reine en los cabellos, los feos cabellos, los diminutos brillos, los grandes defectos, los asqueados conceptos. 
Y que te penetren hasta el sudor y la peste cale en tus ojos y ojalá te guste, te guste perder la armonía y que te escupan blanco en el rostro. 
Ojalá la veas allí, cada vez que la vida te arranque un día, que la veas allí cuando cierres los ojos y te consuman el sudor de los labios, cuando chupen el líquido en tu cuerpo, la veas allí y el dolor te corrompa hasta la muerte y te desangre las ganas de seguir. 


sábado, 16 de junio de 2012

Nunca más

Cuando eramos enanos medios grandes el mundo se mostró tal cual, así mismo, sin retórica, sin más. La felicidad golpeteó nuestras frentes y el barro nos hacía llorar. Nos volábamos a veces cuando el cigarrillo sublimaba rapidito y veías las nubes mientras mis ojos se cerraban entre tu ombligo.
Y cuando no volábamos íbamos en busca de basura-exquisita y comíamos y comíamos y nos embriagábamos hasta el vómito, mientras mojábamos los zapatos a orillas del mar, que era tan chiquito comparado con tus ojos, los grandes ojos.
Y "no te vayas" era nuestro mejor amigo.
habían veces en que escapábamos por ahí por donde matan gente, pero nosotros ibamos a matar la pena con risas, con el pelo al viento, con el amor en la garganta y la pasión en los labios.
Y otras veces tanto llanto, tanta lluvia, tantos soles, y me quejaba de tu vida y tú perdías la vista. Y me quejaba de mi vida y de las fantasías, de los encuentros y de las desdichas y tú perdías la armonía.
Y ya no me quejé más y el viento ya no voló ninguno de tus cabellos.
El café fue el mejor amigo y "no te vayas" el enemigo. Salieron los pájaros negros, salieron y salieron, salieron y desaparecieron.
Pero yo no era negra, no tanto, ellos pasaban y yo no me iba y no me voy, nunca me voy.
Y ya somos grandes enanos, ahora tu pelo con mis ojos ya no brilla y el cigarro no se siente, no lloramos con el barro y el vómito dejó de ser metáfora.
Y la vida se nos fue por entre los dedos aunque a veces la lloramos, por no transformar la alegría en recuerdos y el mar en llanto.
Tus ojos siguen siendo más profundos que mi abismo y yo sigo mojando mis zapatos, seguiremos yendo allí por donde matan gente, a matar el tiempo, o el deseo, a matar una cajetilla, a matar el odio, el amor, el hamor.
El mundo se abrirá y no cerraremos los ojos, nunca más.

jueves, 17 de mayo de 2012

Soma

Hoy vi una neurona. Era odioso el hecho de tener que buscar la más perfecta para poder verla con todas sus partes, pero fue aún más odioso darme cuenta que la había descubierto al tiro. A lo mejor habían muchas neuronas perfectas o había sido un gran hallazgo o realmente ella me había descubierto a mí.  
Reunía todos los requisitos de una neurona: el soma, el axón, las dendritas, el núcleo, le vi hasta el aparato de Golgi y eso que la vista era nefasta.
Era tan perfecta que sentí envidia, porque la estúpida me miraba con su cara de perfección para que yo la dibujara y le pintara el maldito rostro en mi cuaderno. 
Y mientras más me miraba yo más quería asesinarla, sólo para verla morir. Que brillaran sus dendritas de puro dolor. 
Pero qué inútil era yo al tratar de matar esa neurona, si según mi profesora ya estaba muerta y tenía décadas en aquel vidriecito medio roto. 
Sin embargo, seguía allí, años tras años, sirviendo como la neurona perfecta. Y no envejecía y no se movía y no cambiaba de color ni nada, seguía allí, tan altanera, tan imperante, que nadie se atrevía a romperla, porque la maldita era perfecta, vieja y perfecta. 
Y era tan diminuta, más aún, mucho más. No tenía forma de volantín y tampoco de anillo, no, era mucho más perfecta, mucho más, más perfecta que las famélicas modelos de alta costura, mucho más.
Pensé en correr, no podría pasarme nada tan malo, quizás causaría sorpresa o algo así, pero nadie moriría y esa estúpida neurona nunca se iría. Pensé que huir por siempre sería la solución o quizás correr hasta encontrar el primer cigarrillo. 
Estaba a des-tiempo, a des-lugar, a des-vida. A des-todo. 
¿Por qué esa neurona tenía que ser tan perfecta y sin embargo no podía llenar mi alma con su presencia? 
Solté el llanto. Cómo si el agua en mis mejillas pudiese recomponer  mi sentimiento. 
Solté la voluntad. No sabía si era la perfección de la neurona la que me espantaba o era esa imbecilidad absoluta que me hacía estar allí, precisamente allí. 


sábado, 7 de abril de 2012

Séptimo Atardecer

Estaría sentada frente al mar, esperando por seis atardeceres seguidos y cuando llegase el séptimo, voltearía a ver si aún estás atrás mio.
Y si sigues allí te hablaría de cómo hacer para seguir viendo atardeceres, dónde poner la cabeza y dónde guardar el agüita, pondríamos una mantita sobre el arena infinita mientras el viento tratase de elevarla, te ayudaría a despertar para ver todos los atardeceres de nuestras vidas y tú me enseñarías a no tener frío.
Pero si te descubriese pensando en que quieres irte, te arrojaría el séptimo atardecer por el cerebro y te diría que guardaras todas tus expectativas. Con mi furia correría junto al viento y mis cabellos se alzarían sobre tus hombros, sentirías tanto miedo que desearías poder tener un rifle para disparar, pondría mis mayores pesadillas sobre tus hombros y me reiría del sudor de tu pánico.
Pero si no te descubriese allí, si me diera cuenta que ya te fuiste, entonces me pondría azul -de tanta tristeza- volvería a ver el mar y me quedaría esperando por el octavo atardecer, me abrigaría con muchas ovejas y guardaría un poco de arena, borraría mi camino a casa para nunca dejar de esperarte y borraría tu camino al olvido, para que algún día volvieras a buscarme.


domingo, 1 de abril de 2012

De dos en mil

La lluvia ya no debería caer a pedazos en días tan buenos, pero como siempre, el viento le gana a mis emociones.
Hoy llegué al árbol contando dos más mil más dos, me resultaba más fácil contar de dos en mil que mirar el árbol-atardecer o tu cara en el árbol-atardecer. O tu cara en todas las malditas partes, o todas las malditas partes en tu cara y en la mía.
Vestiré el luto por los dos años que me quedan, no me importa la inmadurez y la adolescencia, vestiré el luto por fuera y por dentro -y más adentro- y te pintaré de negro en mi ropa y en mis ojos.
Y dibujaré tu ombligo en mis cuadernos, les borraré el gusto dulce y luego arrugaré las hojas.
Y seguiré contando de dos en mil, de dos en mil, hasta que las hojas amarillas no me duelan tanto, hasta que las vea muertas y no vivas.
¿Es posible acaso estar alegre por estos días?
Recuerdo que eran las diez, quizás las nueve, en todos los relojes, eran las diez, quizás las nueve, en todos los corazones, eran las diez, quizás las nueve, en todos los amores.
Y cuando ya llegaban las cinco me dormí. La gente era feliz y yo también quería ser gente. La música retumbaba en mis oídos, retuummmbaba, tummmbaba, tuuuumb, tuuuum...

Abril me avisó, me avisó todos los días de su vida, pero yo nunca escucho a Abril, nadie nunca escucha a Abril, sólo cuentan de dos en mil o de dos en dos o de diez en cien.


viernes, 16 de marzo de 2012

Juventud

Cerraba con fuerzas la puerta y abría el portón, de manera rutinaria y sin apuro. Subía a su modesto auto y miraba al espejo retrovisor y en él se dibujaba su cara, cuero seco y oscuro pegado a los huesos y con sus grandes ojos de dulce de membrillo vencido, se cercioraba que no hubiese ningún niño a la vista para así emprender el viaje, con su manejar altanero y prepotente, mientras yo la miraba desde mi ventana cuál si fuese un libro nunca antes hojeado.
Le veía salir y llegar, subir y bajar y cada día con más desesperación. Me preguntaba cuál era aquel motivo por el cual cada día se emperifollaba más y en su cara cada día se dibujaba menos amor, más desesperación, más necesidad de vida.
Y qué es la vida sino un momento de frenesí y felicidad discontinua. Qué es la vida sino untar manjar en las yemas de los dedos y sentir el dulzor al tacto, mojar la punta de los cabellos cuando el sol quema la espalda, sentir el palpitar acelerado cuando un desconocido se acerca a preguntar. Qué es la vida si no un conjunto de emociones y desdichas.
Pero yo no entendía por qué su cara desesperada, ardía por un poco de vida, y cada día se sacrificaba en salir más prepotente, más presumida, más caprichosa.
A veces me miraba de reojo y el desprecio en su mirada me hacía temblar de pies a cabeza, como si forzosamente ella quisiera que su sola presencia bastase para poder llenar el lugar, ¿Por qué el desazón al verme inocente mirando desde mi lugar, por qué aquella intrínseca obsesión con quererse apoderar de mi seguridad?
Y cuando al fin el libro se terminaba de hojear, la respuesta acudió y ese día al abrir la puerta, no la miré, ni la escuché al abrir el portón, o siquiera al subirse al auto, porque justamente ese día se quedó petrificada al verme caminar, frente a su morada, al verme imperativa y afable, porque aunque ella esté al alcance de cualquier objeto de satisfacción o vicio hay algo que ya nunca podrá recuperar, la brisa fresca de la juventud y la felicidad.

lunes, 27 de febrero de 2012

Los medio bajo.

Los cartones en las calles se arriman, se juntan las especies ante la gran puerta de reclamos y desdichas, pero se consumen en las fuentes a los pies de los pastos secos, se arrodillan y piensan, que los vestidos de revolución son la moda, que el maquillaje de anarquía es la moda, que la mentira de la televisión es la moda y la policía y los políticos también son moda y ellos se arrastran en el suelo y mendigan una vida, llenando ollas encorvándose como gatos espantados, desgastando los pulmones y preguntándose cuándo serán ellos la moda, mientras el pelo se oscurece y el trabajo los consume, mientras los de arriba los manejan como marionetas envolviéndolos unos sobre otros y ellos allí, arrastrados sin gritar ni mirar, sin reír, en la puerta de reclamos y desdichas, deseando que algún día cuando la gran puerta se abra, los de abajo no pasen por sobre sus cabellos y los de arriba, por fin, corten los hilos.

miércoles, 22 de febrero de 2012

Jamás volví por un pedazo de muerte, jamás me senté en el suelo que ya había ensuciado, jamás volteé por una pizca de nube, bajé al vacío y luego volví a la vida, qué vida.
y no me caigo con las piedras y no me gustan los colchones y no necesito compañía y no leo en los balcones y no necesitaba de nada, ni de tus tréboles ni tus retratos, no necesitaba mas que el oxígeno y mis vicios y mirar el cielo, caerme al suelo y reírme del cemento.
Divagué por tanto tiempo, no escuchaba ni sentía y maté tanto la vida y las heridas en los dedos y la dulce compañía y tus palabras entre el vestido y mis palabras entre los dientes.
Jamás necesité morir en tus ojos, ni acercarme con la brisa, pero entonces las palabras se desvanecieron, las miradas perduraron, la vida se detuvo.
Un click al cigarrillo y la tierra deja de girar, no respiro y penetro en tus ojos, entonces suelto el humo y el mundo sigue y eso no se desvanece... nunca.