Elizabeth era muy pequeña y casi podía tocar el suelo con la punta de sus cabellos tornasoles. Todos los días me visitaba y me preguntaba qué juego nuevo le tenía preparado. Me encantaba jugar con Elizabeth porque ella entendía muy bien mis jugarretas y no se espantaba cuando le comentaba sobre las descuartizaciones que había cometido en mi vida.
Algunas veces cuando era menguante de luna, Elizabeth se ponía muy triste y me contaba que estaba cansada de ser persona, entonces llorábamos juntas por muchos días, semanas quizás, hasta que Elizabeth me decía que quería un helado, entonces yo secaba sus lágrimas y le compraba un helado gigante color rosa, como a ella le gustaba.
Ese día yo le estaba enseñando a descuartizar hormigas con un fósforo. Elizabeth odiaba a las hormigas, pero escuchaba y veía atentamente lo que yo decía y hacía.
-¿Cuándo me enseñarás a amar de nuevo, Alicia? me preguntó de pronto. Mi corazón se apretó y se desaceleró al punto que ya no quiso seguir bombeando sangre. Me puse pálida de terror y le dije que yo no sabía qué significaba eso. Elizabeth me miró con sus grandes ojos y me dijo que la hormiga se había escapado. Nunca más mencionó la palabra amor frente a mi.
A modo de cambiar de tema, tomé una nueva hormiga y comencé a hacer mi trabajo.
-Y entonces cuando descuartizas una hormiga, ésta se convierte en una globitación y viaja por todo el universo hasta que se aburre y entonces vuelve a ser hormiga- le explicaba yo mientras partía en dos al bicho.
Allí fue cuando una desafiante Elizabeth me dijo: -¿Por qué nunca me habías hablado de las globitaciones? Entonces yo le expliqué lo que eran las globitaciones.
Las globitaciones son invitaciones de cumpleaños hechas de globos, que se dan a las personas más pequeñas, las que pueden meterse por tu ombligo hasta llegar a tu corazón y allí se quedan por toda la eternidad. Le dibujé a Elizabeth una globitación y le dije que nunca le diera una a cualquier persona.
Elizabeth estuvo diez días y dos horas dibujando globitaciones de distintos tamaños y colores, hasta que un día me miró y me dijo de forma muy seria y convencida, tanto así que mi corazón se aceleró al ver su cara sin ningún rastro de color rojizo, siempre en ella.
-Quiero romper una globitación, Cuando se rompa no lloraré más y tú no tendrás la necesidad de llorar conmigo-
Le dije entonces que a mi me encantaba llorar con ella, que era uno de mis juegos favoritos y que las globitaciones no podían romperse, por eso eran tan especiales.
Podría estar todo el día describiendo la tristeza y desilusión que se dibujó en el rostro de Elizabeth y aún así no la comprenderían. Nadie entendía a Elizabeth, solamente yo, porque nuestras almas tenían la misma edad, porque hablábamos de cosas que nadie más hablaba y nos reíamos con cosas que a nadie más le causaban gracia.
Yo comprendía y quería mucho a Elizabeth porque a veces también me cansaba de ser persona y porque ella siempre me sonreía, por eso le había regalado la más hermosa de las globitaciones, ya que Elizabeth era tan pequeña que podía tocar mi corazón.