Avancemos
A fin de cuentas no somos
Impredecibles
Imprescindibles
No estamos destinados
Ni nos encontramos al azar
A fin de cuentas ni el azar ayuda
En nuestra búsqueda
Detengámonos
¿Hemos construido?
Mírame
¿Acaso hemos destruido?
¿Acaso has descubierto el miedo
dentro de ojos ajenos?
Si habiendo escrito toneladas de aventuras
Intangibles, intocables
Cuánto cuesta escribir una palpable
Cuán triste puede ser plasmar el fin
Y tocarlo con los dedos
Con altanería, atrevimiento
Y que escupas la verdad frente a todas las puertas
Creas que lo fortuito está en la vuelta
Esa que aún no aprendes a completar
Sin tropezar.
Puedes esconderte tras torres de soledades
que vengan desde todos sitios
soledades personales, ajenas
profundas y superficiales
y crear un nido, enrollarte
apartar el frío, esconder el miedo
y que la angustia conquiste cada una de las paredes
Pero antes que la represión te consuma
puedes mostrarte, frente a mí
puedo arrancar tus torres, reconquistarlas
y enseñarte que la libertad no puede esconderse en piedra
o encerrarse en palacios ni castillos
y enseñarte que la felicidad que no conocemos
se construye al tiempo que la torre se destruye.
martes, 24 de diciembre de 2013
viernes, 20 de diciembre de 2013
El lóbulo de la oreja
Me recuesto
a tu lado, muy cerca para quemarme bien
El agua
helada me invita a la idea, me enfría
Una vez, dos
veces
Para que
desee el fuego, la intensidad, el sufrimiento.
Y nos demoramos un minuto en desnudarnos
Diez
segundos en mi polera, veinte en tu pantalón
Cinco
segundos en tu polera, veinticinco en mi pantalón.
Pero,
¿Cuánto
tiempo nos toma desnudar el sentimiento, las ganas, el deseo?
¿Cuánto más
desnudar la libertad, la vida, la soledad?
Me desnudas
hasta el llanto
Te desnudo
hasta la ropa
Me detengo
seis veces, para arrancarte la piel
Desnudar la
mente, la conciencia
Pero sólo
logro desnudar el deseo
Y te miro a
los ojos, para desnudarte las pupilas
Vestirte con
mi aliento
Con mis
pensamientos
Pero me
pierdo
Me pierdo
entre tu cuerpo y los besos
Entre tus
ojos y las mentiras
Y el pánico
entra en mi cabeza
Y me
envuelvo entre tus brazos
Para que me
protejas, para que desnudes el miedo
Y tú como buen amante, me desnudas hasta las
entrañas
Y en la
adversidad tus dedos se visten de ternura
Arrancan la
timidez, la brutalidad
Y me
acarician el lado más suave,
Más virgen
El lóbulo de
la oreja.
Me pregunto
quién te enseñó a desnudar el ser
Me pregunto en
qué pared encontraste el tesoro
Que te enseñó
a desnudarme hasta ser vulnerable
En cuerpo,
mente, espíritu, vida.
Y yo que lo intento tantas veces, hasta con los
dientes
Pero no
aprendo ni a desvestir tu risa
Ni tu
vergüenza, ni tu cariño.
Te miro y ahora
sé que jamás podré despojarte de algo más que no sea ropa
Me miras con
culpa, con una pena bien vestida,
Y podríamos
despedirnos con un beso, un hasta nunca,
Hasta podría
despedirnos la mismísima verdad.
Podrían mis
ojos despedir a tus pupilas
Tus manos a
mi cintura y a mi sonrisa,
mis
dientes despedir a tu labio inferior
O podrían tus
dedos despedir al lóbulo de mi oreja.
martes, 19 de noviembre de 2013
Androides de la democracia
Androides de nuestra democracia
con sabor a tiranía
se apilan en grupos, ilusos
con ansias de poder
el falso poder del demócrata
el que grita
que elige quién le entierra el cuchillo
con más anestesia.
Androides de la burguesía
del aquí y el allá, de la subversión
la revolución como página en blanco
como almuerzo, cena
insertos en el género del clasismo
de la humillación y la desdicha
¿Quién sale de las aguas turbulentas
adentrándose más en ellas?
Se congregan, los he visto
en una falsa alabanza
pateando el suelo y gritando
Que el mundo cruel, que los pobres, que los ricos
mientras entran más
en la segregación, el encierro
la ignorancia misma del deber
que les impone el mundo, las aguas
las tibias garras de la propaganda
Pero el humano que se levanta, que fulmina con los ojos
que enoja a la manada de androides y les entorpece el camino
ese no va tras quien le entierra el cuchillo con más anestesia,
ese va por el cuchillo
y les grita que el mundo es cruel
pero sigue siendo mundo.
con sabor a tiranía
se apilan en grupos, ilusos
con ansias de poder
el falso poder del demócrata
el que grita
que elige quién le entierra el cuchillo
con más anestesia.
Androides de la burguesía
del aquí y el allá, de la subversión
la revolución como página en blanco
como almuerzo, cena
insertos en el género del clasismo
de la humillación y la desdicha
¿Quién sale de las aguas turbulentas
adentrándose más en ellas?
Se congregan, los he visto
en una falsa alabanza
pateando el suelo y gritando
Que el mundo cruel, que los pobres, que los ricos
mientras entran más
en la segregación, el encierro
la ignorancia misma del deber
que les impone el mundo, las aguas
las tibias garras de la propaganda
Pero el humano que se levanta, que fulmina con los ojos
que enoja a la manada de androides y les entorpece el camino
ese no va tras quien le entierra el cuchillo con más anestesia,
ese va por el cuchillo
y les grita que el mundo es cruel
pero sigue siendo mundo.
lunes, 14 de octubre de 2013
¿Amas?
No entiendo por qué me miras así
con esos ojos de sensaciones nuevas
con esos ojos que opacan cualquier sol
cuando me cuentas que amas
¿Amas?
y yo te pregunto, así como si tuviese experiencia
Pero, ¿Tomarías su mano si volviera?
¿Te reirías acaso cuando te tocara las orejas?
te harías tiempo o mundo
si el mundo es tiempo,
¿Qué harías?
¿Escucharías acaso cuando ruegue en la ausencia?
cuando te mire de reojo y te muestre la espalda
así con esos ojos de huracán,
de estallido
¿La seguirías cuando se pierda entre el humo?
aunque no haya humo allá a donde vas
¿Irías y te acurrucarías cerca de su hombro?
Y si te dijera que vende pistolas
que humilla lunas, soles
bolsas de estrellas
que le gusta cuando el cielo grita de tanto llanto
¿La seguirías en el camino?
¿Te reirías un segundo siquiera de la existencia?
cuando ella te mostrara que existir comprende más
que el dolor, la soledad
y cayeras al suelo, petrificado en el miedo
el pánico de sentir.
¿Le mostrarías acaso las noches de cosmogonías?
que como a jugar a ser dios te la pasas creando
imágenes en el cosmo, inventando el por qué donde no hay respuesta
modificando las virtudes, transformándolas en defecto
¿Le dirías que la divinidad te causa escalofríos?
¿Soltarías su mano cuando se vaya?
Cuando baje la mirada en señal de despedida
y como si la nada fuese inminente, te quebraras
en lágrimas, temblores ansiosos
¿Le invitarías a volver a pasear por tu mente?
¿La dejarías quedarse en tu vientre?
No entiendo porqué me miras así
como si te hubiesen afeado las pupilas
y pálido de furia me vomitas groserías
te ofendes de no sé qué entre mis palabras
y ni me dejas acabar el pensamiento cuando te vas
reprochando un no se qué en mis ideas
pero como quién se responde a sí mismo
yo termino la retórica
... ¿La dejarías quedarse en tu vientre?
claro que lo harías, porque amas.
sábado, 12 de octubre de 2013
'81
Digamos que estoy
Que me siento mientras balbuceas.
Digamos que no escuché lo que dijiste ayer
Y que me divierten las copas en tu cuerpo
Digamos entonces que te sientes feliz
Por mí y por ti
Y que yo me siento a conversar contigo
Un rato, alrededor del frío.
Imaginemos que no te fuiste ese día
Imaginemos que en vez de irte, viniste
Que llegaste, me besaste las mejillas y
Derramé chocolate,
Que te reíste y me limpiaste con el pecho.
Evitemos pensar que pregunté por la ropa sucia
Pensemos que en realidad las manchas rojas
Me gustaban.
Imaginemos que no me asustas
Que no me asusta pensar que no estarás
Que me gusta el tambaleo cuando llegas,
que lo quiero imitar.
Imaginemos que no me estoy preguntando
Por qué la mancha en tu camisa llama más tu atención que yo
Por qué los gritos son más fuertes que la compañía
Por qué no me dejas ser menos pequeño,
para burlarme de la realidad y ensuciar mi polera.
Digamos que no te fuiste ese día
Hagamos como que detuvimos el tiempo
Una semana antes, dos meses, cinco años
Que levantaste la cabeza
Que me miraste y al fin me notaste,
Que entonces vaciaste la copa y te sentaste a mi lado
Me tapaste los brazos con tu chaleco
Sonreíste y jugamos a la escoba.
jueves, 10 de octubre de 2013
Y si tropiezo
Quiero ir a
tropezar un rato
Allí donde casi
no hay con qué
Voy a ir a
tropezar con tus brazos
Con tu pelo
o con tus grandes ojos
Y a ver si
alcanzo y tropiezo con tu boca.
Pero si lo
hago no me sujetes
Porque ahí
no hay que detener nada
Aunque choquen
cuerpos caídos, muertos
O mucho
menos.
Quiero
tropezar un rato con tus piernas
Con tus
dedos, tu cuello
Y acaso si
quieres
Tropiezo
también con tu aliento.
Pero si duele
no me sanes
Porque ahí
no hay que sanar nada
Ni heridas,
ni llantos
Ni mucho
menos.
Quiero
también tropezar con el exilio
Con la
fatalidad, el silencio
Déjame un
rato y también tropiezo con el miedo
Y te saco la
angustia con el choque.
Pero si al
final del tiempo
Ahí justo cuando termine el trastabillo
Tiemblas
mientras me caigo
Entonces levántame
e invítame a tropezar de nuevo.
martes, 1 de octubre de 2013
Entonces ven
Los amantes no se cansan de jugar
a escondidas por el callejón oscuro
no se cansan de bailar
de ir y venir, como si de eso valiese la estancia
la estancia aquí, en la orilla del mar
o quizás en la orilla de la calle
la orilla que los une como falso destino
como si se quisiesen juntar
como si los amantes realmente se quisiesen amar
los amantes no se cansan de estar
caminan a través de plazas, de lagos
de fríos sueños, de fríos miedos
no se cansan de jugar a que se entienden
de jalarse el cabello
y besarse la sonrisa
los amantes no se cansan de imaginar
no se cansan de volar
de encenderse las mejillas y abrir las compuertas
de mostrar caras enojadas
a veces tristes
a veces indiferentes
no se cansan de sentir
como si de eso dependiera
el cielo
hay amantes, como tú, que llenan pueblos
ciudades de llanto
que escuchan, gimen
amantes como tú, que son abismos
estrechos, profundos
blancos de nada
y hay otros como yo, que nublan mentes
que ahogan mares y rompen sesos
vacían latas y gritan vida
si nunca nos agotamos
si nunca nos despojamos
si nunca nos llegase el cansancio que trae consigo
la tormenta
entonces ven.
sábado, 24 de agosto de 2013
El final
Me fijo en la paloma que se posa todos los martes a las nueve y
media de la mañana en la cabeza de la pileta de Concepción. Sí, la cabeza, ella
en la cabeza y otras en el hombro. Pero las que se posan en el hombro van y
vienen al ritmo del sol que va y viene en Agosto.
La paloma que está en la cabeza no se
mueve y pienso que quizás olvidó cómo volver a volar. Me entran ganas de
ayudarla, pero yo tampoco sé mucho sobre volar. Reflexiono que cada vez que
empiezo un pensamiento con ''quiero'' lo remato con ''pero''.
Es extraño que la gente camine como
admirándose a sí misma y no se fijen en la puta paloma que lleva media hora
inmóvil, o que no se fijen en el agua que sale a chorros y cae fuera de la
pileta, haciendo posas en el cemento. Quizás si hiciera menos frío lo notarían,
el frío es narcisista y egoísta, cada vez que aparece logra, a través del
sufrimiento, que todo quien lo perciba sólo piense en él.
Noto que hay alguien que es inmune al frío
y sus métodos de atención. Una niña como de medio metro de altura, rubia,
mirando fijamente la pileta, con ese desdén e inocencia característicos de
aquellos que miden medio metro.
Me fijo que le asombra que el agua caiga
afuera, porque le dice a su afable y anciano acompañante ''Agua afuera...
¡Afuera!'' Y paloma en la
cabeza, todavía Pienso yo,
pero no lo digo.
No me gustan las palomas, quizás por eso
aún noto su presencia. No me gusta que coman restos de comida a picotones
soberbios y pseudo inocentes. No me gusta la indiferencia con la que te cagan
sin pedir disculpas ni con el vuelo. Pero por sobre todo, no me gusta que
arranquen. ¿De qué arrancan? ¿Por qué arrancan? ¿Por qué son tan valientes para
traicionar, para huir, para caminar con ese ritmo de mierda que tienen en el
cuello? Y nadie les dice nada, nadie las odia, incluso muchos las veneran, las
respetan, nadie se fija en cómo nos invaden con su puta reputación angelical.
A veces me dan ganas de hablarle a Daniel,
de contarle todo lo que pienso mientras él me evade y rebusca, hace cinco
minutos, un cigarro en sus bolsillos. Me dan ganas de decirle que yo tengo más
cigarros que belleza, que los tengo exactamente en mi bolsillo izquierdo y no
tengo necesidad de buscarlos, pero si lo hiciera lo descolocaría. Daniel no
sabría cómo seguir evadiendo el tiempo que viene conmigo, ya no sabría cómo
evitar mirarme con desdicha, y, ciertamente, no me gusta su mirada
desdichada.
Cuando lo conocí me impresionó el hecho de
que fuese tan bueno para evadir miradas. Tardé año y medio en lograr encontrar
sus ojos y hubiese deseado jamás haberlos encontrado. La mirada de Daniel era
casi tan difícil de sostener como sus palabras.
Siempre recuerdo la primera vez que
hablamos, los dos solos, mientras esperábamos en la fila de un banco.
-Ayer me encontré con María, tu mejor
amiga, me parece muy simpática- Digo, sólo para entrar en algún tema.
-No es mi mejor amiga- Responde Daniel,
mirando un papel
-¿Ah, no?- Insistí con la mirada
-No- dijo, sacando y viendo una moneda de
su bolsillo.
-Bueno, de cualquier forma me cae muy
bien-
-No tienes necesidad de inventar que te
cae bien María para quedar bien conmigo.-
-Sólo estaba tratando de iniciar una
conversación, Daniel.-
-Nunca es bueno iniciar conversaciones.-
No hablamos más en todo lo que quedó de
fila, en todo lo que quedó de viaje a casa de María, en todo lo que quedó de
fiesta en casa de María, no hablamos más en todo lo que quedó de mes.
Si ahora me dijera que no es bueno iniciar
conversaciones, que María no es su mejor amiga, que no tengo la necesidad de inventar
cosas para hablarle, seguramente me haría pensar que me ha vuelto a
querer.
Daniel siempre me hizo sentir como si yo fuese demasiado normal y
aburrida, no por lo que decía, si no que todo lo contrario, por todo lo que no
decía. Daniel era como la almohada en la que lloras y luego te ríes por ser tan
patético, era como el frasco que te contiene cuando empiezas a fluir como si
fueses el líquido más ligero y letal. Daniel se demoró un año y medio en
hacerme sentir especial.
Cuando supe que se sentía atraído hacia mí, me compré tres
algodones de azúcar para soportar la felicidad.
Estábamos sentados en la plaza de Concepción, esperando nada esta
vez. Me había hablado por teléfono y me había dicho que quería juntarse
conmigo.
-No me gusta hablar contigo.- Dijo Daniel, viéndose las motas en
su chaleco
-¿Entonces por qué me hiciste venir aquí?- Dije, molesta.
-No sé.- Dijo y trató mirarme a los ojos.
Daniel tiene los ojos muy redondos, las pestañas cortas, las
pupilas grandes que casi ni se achican con la luz, tiene los ojos de un café
intenso y la mirada retraída. Le costó encontrar mis pupilas, como si le
faltase experiencia, pero cuando lo logró, posó una mirada perfecta que
demostraba que no le gustaba hablar, pero que le gustaba estar justo ahí, justo
conmigo.
Si hubiese sabido que nunca más iba a ver ese café intenso tan
intenso cómo ese día, entonces hubiese deseado morir con la incertidumbre de
cómo eran aquellos ojos.
Daniel me mostró sus ojos durante 267 días, tres horas al día y
durante ese mismo tiempo me hablaba dos veces por semana, lo que era perfecto para
no ensuciar los días, las salidas, los paisajes, los helados, los cigarros, la
vida.
El día 268 fuimos a darle de comer a las palomas. En esta semana
sólo me había hablado una vez, y ese día tenía muchas ganas de hablar con él,
así que es inicié la conversación.
-Me parece gracioso cómo caminan las palomas- Dije
-Alicia, por favor, no inicies las conversaciones diciendo cosas
tan estúpidas- Dijo.
Un millón de ajugas se clavaron en mi cuerpo. Daniel no se había
comportado conmigo así hace mucho tiempo.
-¿Andas de mal humor?- Dije, con pena y miedo.
-No es necesario andar de mal humor para darse cuenta que las
palomas no son graciosas, míralas, son imbéciles, tienen una descoordinación extraordinaria
entre su cabeza y sus patas y sé que piensas lo mismo, lo que no entiendo es
por qué insistes, después de todo este tiempo, en iniciar una conversación con
mentiras y trivialidades.- Respondió Daniel, mirándome a los ojos.
Mis ojos se mojaron, y estuvieron a punto de empezar a gotear.
-Pensé que ese tipo de cosas ya no te molestaban- dije y bajé la
vista.
-En el momento en que quisiste venir a darle de comer a las
palomas supe que nunca has entendido nada, Alicia.- Me dijo, me miró a los ojos
y su mirada se desdichó. Sus pupilas ya no estaban tan dilatadas y el café ya
no tenía nada de intensidad. Desde ese día ya no me miró más.
Nunca más.
Ahora ya han pasado 20 días desde aquella vez, Daniel ya no me
habla dos veces por semana y, ya casi ni me mira, lo cual no es molesto para
mí, ya que la desdicha en sus ojos no se ha ido.
Daniel se ha dedicado en los últimos 20 días a evadirme y yo me he
dedicado a abstraerme en pensamientos.
Todos los días, sin acordar nada, nos encontramos en el mismo
asiento, frente a la pileta, él se sienta a mi lado y no me mira, le digo hola
y me dice “h‘la” y cada día menos se escucha. Es demasiado contradictorio,
demasiado contradictorio pensar que no me quiere, que me evade, que le irrito y
sin embargo todos los días llega a donde sabe que estaré yo.
La paloma sigue allí y ya ha pasado una hora. Daniel sigue
buscando en su bolsillo, pero esta vez busca un encendedor. Le quedo mirando,
lo nota.
Sigo mirando, le miro durante diez minutos. Empiezo a sentir su
incomodidad.
Saco mi encendedor y prendo fuego, prendo el fuego frente a mis
ojos. Daniel cesa su búsqueda, vacila un rato, me mira. O quizás mira el fuego.
Daniel enciende su cigarro y nos miramos, soporto la desdicha en sus
ojos durante quince minutos hasta que al fin, se ablanda.
-Gracias- me dice, succionando todo el cigarro que le queda, con
fuerzas.
-Gracias a ti- le digo, le dejo mi encendedor y me voy.
Cuando empiezo a caminar pienso que ya no volveré a sentarme en
aquel asiento y que tendré que comprarme otro encendedor. Cuando llevo medio
metro caminando volteo a ver a la paloma, la cual al fin vuela, al mismo tiempo
que Daniel se para del asiento yendo hacia el otro lado.
Putas palomas pienso, mientras saco mis audífonos.
domingo, 14 de julio de 2013
Junio
Daniela se esconde tras su largo pelo tornasol mientras enciende un cigarrillo. Lo succiona con fuerzas. Es uno de esos malos días. No de esas malas jornadas en las cuales ríes todo el día y lloras en las noches por ser víctima de un dios vengativo, que infeliz de verte reír bajo el sol, te hace gotear los ojos bajo la luna, sino que es de esos aún peores; aquellos días que son aburridos y grises y que culminan con noches negras de llanto e ira.
Trata de botar la pena por los ojos, por la boca, por el humo del cigarrillo que absorbe, de botar la pena por los poros, por la nariz, pero no es posible esta vez.
Imagina cómo sería aquella soledad por la cuál ha sido rechazada. Solía pensar en lo nefasto que era ser rechazado porque alguien o quizás algo es más interesante que tú. Quizás por un televisor, un cantante, una prenda de vestir o algún vicio, algún vicio más fuerte que el amor mismo. Era terriblemente doloroso pensar en aquellos tipos de rechazos, en los cuales eres desplazado por un objeto o por otro ser humano, que evidentemente es capaz de regalar, entregar, absorber, expeler, crear y demostrar aquello que tú no.
Pero cuando eres desechada porque la soledad resulta ser más atractiva, piensa Inés, cuando tu compañía es menos interesante que las melancólicas noches que soledad trae consigo, es cuando todo lo que has creado se abalanza sobre ti y se quiebra, se quiebra en el aire y te llegan los pedazos, justo al rostro, justo hiriendo tus ojos, justo partiendo tu cerebro.
Nunca te creíste la gran cosa, se dice Elena, nunca te importó lo que los demás pensaban de lo que hacías o dejabas de hacer. Nunca buscaste pretextos para ocultar tu egocentrismo, porque ciertamente no había que ocultar algo que casi ni existía. Sin embargo, te creías algo mejor que la soledad, creías que al menos eras capaz de acompañar en la pena o en la alegría, con un paquete de pañuelos o con una botella de vodka.
Pero aún así Gabriela espera bajo el árbol, eludiendo el rechazo, todavía pensando en que llegará. Y no se cansa, no se aburre, aunque las noches sean tan fastidiosas, aunque la ausencia le resulte tan ajena, todavía espera.
¿Qué espera? ¿Poder convertirse en algo más interesante que el silencio? ¿Volverse más atractiva que la desolación que trae consigo la oscuridad? ¿Es acaso Ofelia algo más que el mero conjunto de soledades? ¿Es acaso Alicia algo más que un conjunto de espacios vacíos que un día alguien decidió encarnar?
domingo, 12 de mayo de 2013
Las estúpidas razones
Tengo un libro.
Este libro será mi mejor amigo.
Nos entendemos muy bien y me escucha cuando ya nadie lo quiere hacer.
Este libro será mi mejor amigo porque cuando culmina el día y siento la satírica alegría de los que son felices con su cansancio, él me acogerá con su nostalgia y me aliviará un poco la presión de tener que pertenecer a mí misma.
Este libro será mi mejor amigo porque no se sentirá como hablarle a la nada cuando conversemos, porque me regañará, me contradecirá y, sin embargo, me amará, me amará con cada espacio de su cuerpo y amará que hojee cada una de sus páginas, aunque si no me amara, incluso si me odiara igual sería mi mejor amigo, porque al menos odiándome demostraría que de alguna forma le intereso, que le importa todo lo que hago.
Este libro será mi mejor amigo y nos sabremos llevar muy bien, ya lo veo en su portada, con sus letras gigantes imponiendo lo que no debo hacer, pero que haré igual.
Este libro será mi mejor amigo precisamente porque es un libro y no un ser humano, precisamente porque al ser un libro jamás me abandonará, jamás me dejará solo en algún lugar sin retorno, jamás se va a apartar cuando necesite llorar, será mi mejor amigo un libro, un libro que me entregará tanto y más de lo que yo le entregaré a él, será mi mejor amigo porque jamás me hará vomitar.
Este libro será mi mejor amigo.
Nos entendemos muy bien y me escucha cuando ya nadie lo quiere hacer.
Este libro será mi mejor amigo porque cuando culmina el día y siento la satírica alegría de los que son felices con su cansancio, él me acogerá con su nostalgia y me aliviará un poco la presión de tener que pertenecer a mí misma.
Este libro será mi mejor amigo porque no se sentirá como hablarle a la nada cuando conversemos, porque me regañará, me contradecirá y, sin embargo, me amará, me amará con cada espacio de su cuerpo y amará que hojee cada una de sus páginas, aunque si no me amara, incluso si me odiara igual sería mi mejor amigo, porque al menos odiándome demostraría que de alguna forma le intereso, que le importa todo lo que hago.
Este libro será mi mejor amigo y nos sabremos llevar muy bien, ya lo veo en su portada, con sus letras gigantes imponiendo lo que no debo hacer, pero que haré igual.
Este libro será mi mejor amigo precisamente porque es un libro y no un ser humano, precisamente porque al ser un libro jamás me abandonará, jamás me dejará solo en algún lugar sin retorno, jamás se va a apartar cuando necesite llorar, será mi mejor amigo un libro, un libro que me entregará tanto y más de lo que yo le entregaré a él, será mi mejor amigo porque jamás me hará vomitar.
martes, 7 de mayo de 2013
XXXXX
(Aquí debería ir tu nombre):
Me encuentro justo a un metro de los pies de tu mentón y siento cómo el veneno corre como agua por mis venas. Me gustaría palparte la boca con los dedos o con mis labios, quizás.
Advierto que deberías dejarme abrir tus ojos, dejarme abrir tu pecho y tu corazón. Aunque suene pérfido y cause escalofríos, déjame tocarte la sangre para enfrentar el miedo. Porque es válido que el miedo se deposite en ti o en tu vientre y que haga presión desde dentro hacia afuera, por eso es bueno abrir el pecho, dejar salir la presión y que junto a ella salga la mitad del miedo, la mitad, no por completo, ¿Entiendes?
Si me preguntas siempre responderé que no. Pienso que no es bueno buscar paraísos y, por las noches, cuando tengo la cabeza entre mis rodillas, me siento ligeramente en el infierno. Por eso es que no quiero que respondas al llanto que aparece en mi pecho y que a veces es tan evidente, porque ser mártir me gusta. Tampoco quiero que laves los harapos de mi cerebro así es que desvía la indiferencia.
Soy ingenua, ingenua igual que las golondrinas que confían en los gatos y vuelan bajito, sin embargo, no necesito de ningún cuidado para sobrevivir.
Admitiré, quizás, que me gusta tu inocencia, la inocencia con la que piensas que necesito algo más que la mera infección que destilas.
Necesito que mires a mis pupilas y descubras que sólo quiero que lleves tu enfermedad a mi cuerpo con el virus en tus ojos y que la pasión se vuelva virulenta por un minuto o quizás por toda la vida.
Necesito que sepas que, aunque estoy a un metro de los pies de tu mentón (sí, así tan lejos), si me infectas podré acercarme todos los días un centímetro más, aunque aún no tenga claro a qué es a lo que me voy a aproximar.
(Aquí debería ir mi nombre)
Me encuentro justo a un metro de los pies de tu mentón y siento cómo el veneno corre como agua por mis venas. Me gustaría palparte la boca con los dedos o con mis labios, quizás.
Advierto que deberías dejarme abrir tus ojos, dejarme abrir tu pecho y tu corazón. Aunque suene pérfido y cause escalofríos, déjame tocarte la sangre para enfrentar el miedo. Porque es válido que el miedo se deposite en ti o en tu vientre y que haga presión desde dentro hacia afuera, por eso es bueno abrir el pecho, dejar salir la presión y que junto a ella salga la mitad del miedo, la mitad, no por completo, ¿Entiendes?
Si me preguntas siempre responderé que no. Pienso que no es bueno buscar paraísos y, por las noches, cuando tengo la cabeza entre mis rodillas, me siento ligeramente en el infierno. Por eso es que no quiero que respondas al llanto que aparece en mi pecho y que a veces es tan evidente, porque ser mártir me gusta. Tampoco quiero que laves los harapos de mi cerebro así es que desvía la indiferencia.
Soy ingenua, ingenua igual que las golondrinas que confían en los gatos y vuelan bajito, sin embargo, no necesito de ningún cuidado para sobrevivir.
Admitiré, quizás, que me gusta tu inocencia, la inocencia con la que piensas que necesito algo más que la mera infección que destilas.
Necesito que mires a mis pupilas y descubras que sólo quiero que lleves tu enfermedad a mi cuerpo con el virus en tus ojos y que la pasión se vuelva virulenta por un minuto o quizás por toda la vida.
Necesito que sepas que, aunque estoy a un metro de los pies de tu mentón (sí, así tan lejos), si me infectas podré acercarme todos los días un centímetro más, aunque aún no tenga claro a qué es a lo que me voy a aproximar.
(Aquí debería ir mi nombre)
sábado, 2 de marzo de 2013
Pasado
Era como una ola, un vaivén de agua, más iba que venía
te conocía la mirada, la mentira, la suspicacia, la altanería
te conocía la espalda, la entrepierna, las habladurías
te conocía el alma, el defecto y la alegría
Y quise mirarte a los ojos antes de desvanecerme
Quise encontrar lo que me pedías a mí y a todos
O quizás volar hasta tus brazos cuando el cielo llorara
O inclusive nadar entre tu cuerpo los días de oscuridad
Se detenía el tiempo cuando no me escribías
Se bloqueaba el camino cuando no me veías
Se partía la vida cuando me mentías.
te conocía la mirada, la mentira, la suspicacia, la altanería
te conocía la espalda, la entrepierna, las habladurías
te conocía el alma, el defecto y la alegría
Y quise mirarte a los ojos antes de desvanecerme
Quise encontrar lo que me pedías a mí y a todos
O quizás volar hasta tus brazos cuando el cielo llorara
O inclusive nadar entre tu cuerpo los días de oscuridad
Se detenía el tiempo cuando no me escribías
Se bloqueaba el camino cuando no me veías
Se partía la vida cuando me mentías.
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