Vacilé un segundo. Quizás estaba confundiéndola y sólo era alguien que sabía tocar mi puerta perfectamente igual a cómo tocaba Siempre, sin embargo al escuchar un sutil "ábreme" supe de inmediato que era Siempre, mi Siempre. Cuando la vi allí en el umbral de mi puerta me pareció no reconocerla, su belleza era intoxicante y lograba envenenar cada uno de los poros de mi cuerpo.
No entendí porque la veía tan atrayente tomando en cuenta que la última vez que nos vimos se veía bastante disminuida. Quizás su presencia me agotaba, y ahora me sentía bastante ridículo al pensar aquello. Siempre era la más bella de todas y yo me abrumaba con su existencia.
Me sorprendió cuando ella me dijo que necesitaba hablar conmigo, que necesitaba estar en mí, ya no podía seguir siendo una nómada, tenía que estar en un lugar fijo y el lugar más calentito que conocía era mi feo corazón.
Le digo feo ya que los corazones no son como los dibujan en las libretitas, si no más bien son bastante feos, amorfos, rojos e inseguros, viven temblando y son demasiados importantes como para que me gusten.
La miré sin expresión, o con una expresión de asombro bastante vaga y la dejé inmiscuirse en mí, a fin de cuentas, a mi me encantaba Siempre y no tendría ningún problema en tenerla en mí hasta que se le diera la gana.
Por desgracia todo esto pasó en la misma época que conocí a Tomás y la muy ingenua de Siempre se enamoró de él. Aún no entiendo que le vio, pero cayó rendida a sus pies, como si en él se encontrara la eterna primavera, pensé que me dejaría, que se iría con él, pero en realidad me condenó, al caer ella, en consecuencia, caí yo. Nunca perdonaré a Siempre, yo la amaba, pero ella me traicionó.
Tomás te amaré por Siempre, toda la culpa la tiene Siempre.
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