(Aquí debería ir tu nombre):
Me encuentro justo a un metro de los pies de tu mentón y siento cómo el veneno corre como agua por mis venas. Me gustaría palparte la boca con los dedos o con mis labios, quizás.
Advierto que deberías dejarme abrir tus ojos, dejarme abrir tu pecho y tu corazón. Aunque suene pérfido y cause escalofríos, déjame tocarte la sangre para enfrentar el miedo. Porque es válido que el miedo se deposite en ti o en tu vientre y que haga presión desde dentro hacia afuera, por eso es bueno abrir el pecho, dejar salir la presión y que junto a ella salga la mitad del miedo, la mitad, no por completo, ¿Entiendes?
Si me preguntas siempre responderé que no. Pienso que no es bueno buscar paraísos y, por las noches, cuando tengo la cabeza entre mis rodillas, me siento ligeramente en el infierno. Por eso es que no quiero que respondas al llanto que aparece en mi pecho y que a veces es tan evidente, porque ser mártir me gusta. Tampoco quiero que laves los harapos de mi cerebro así es que desvía la indiferencia.
Soy ingenua, ingenua igual que las golondrinas que confían en los gatos y vuelan bajito, sin embargo, no necesito de ningún cuidado para sobrevivir.
Admitiré, quizás, que me gusta tu inocencia, la inocencia con la que piensas que necesito algo más que la mera infección que destilas.
Necesito que mires a mis pupilas y descubras que sólo quiero que lleves tu enfermedad a mi cuerpo con el virus en tus ojos y que la pasión se vuelva virulenta por un minuto o quizás por toda la vida.
Necesito que sepas que, aunque estoy a un metro de los pies de tu mentón (sí, así tan lejos), si me infectas podré acercarme todos los días un centímetro más, aunque aún no tenga claro a qué es a lo que me voy a aproximar.
(Aquí debería ir mi nombre)
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