Daniela se esconde tras su largo pelo tornasol mientras enciende un cigarrillo. Lo succiona con fuerzas. Es uno de esos malos días. No de esas malas jornadas en las cuales ríes todo el día y lloras en las noches por ser víctima de un dios vengativo, que infeliz de verte reír bajo el sol, te hace gotear los ojos bajo la luna, sino que es de esos aún peores; aquellos días que son aburridos y grises y que culminan con noches negras de llanto e ira.
Trata de botar la pena por los ojos, por la boca, por el humo del cigarrillo que absorbe, de botar la pena por los poros, por la nariz, pero no es posible esta vez.
Imagina cómo sería aquella soledad por la cuál ha sido rechazada. Solía pensar en lo nefasto que era ser rechazado porque alguien o quizás algo es más interesante que tú. Quizás por un televisor, un cantante, una prenda de vestir o algún vicio, algún vicio más fuerte que el amor mismo. Era terriblemente doloroso pensar en aquellos tipos de rechazos, en los cuales eres desplazado por un objeto o por otro ser humano, que evidentemente es capaz de regalar, entregar, absorber, expeler, crear y demostrar aquello que tú no.
Pero cuando eres desechada porque la soledad resulta ser más atractiva, piensa Inés, cuando tu compañía es menos interesante que las melancólicas noches que soledad trae consigo, es cuando todo lo que has creado se abalanza sobre ti y se quiebra, se quiebra en el aire y te llegan los pedazos, justo al rostro, justo hiriendo tus ojos, justo partiendo tu cerebro.
Nunca te creíste la gran cosa, se dice Elena, nunca te importó lo que los demás pensaban de lo que hacías o dejabas de hacer. Nunca buscaste pretextos para ocultar tu egocentrismo, porque ciertamente no había que ocultar algo que casi ni existía. Sin embargo, te creías algo mejor que la soledad, creías que al menos eras capaz de acompañar en la pena o en la alegría, con un paquete de pañuelos o con una botella de vodka.
Pero aún así Gabriela espera bajo el árbol, eludiendo el rechazo, todavía pensando en que llegará. Y no se cansa, no se aburre, aunque las noches sean tan fastidiosas, aunque la ausencia le resulte tan ajena, todavía espera.
¿Qué espera? ¿Poder convertirse en algo más interesante que el silencio? ¿Volverse más atractiva que la desolación que trae consigo la oscuridad? ¿Es acaso Ofelia algo más que el mero conjunto de soledades? ¿Es acaso Alicia algo más que un conjunto de espacios vacíos que un día alguien decidió encarnar?
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