viernes, 16 de marzo de 2012

Juventud

Cerraba con fuerzas la puerta y abría el portón, de manera rutinaria y sin apuro. Subía a su modesto auto y miraba al espejo retrovisor y en él se dibujaba su cara, cuero seco y oscuro pegado a los huesos y con sus grandes ojos de dulce de membrillo vencido, se cercioraba que no hubiese ningún niño a la vista para así emprender el viaje, con su manejar altanero y prepotente, mientras yo la miraba desde mi ventana cuál si fuese un libro nunca antes hojeado.
Le veía salir y llegar, subir y bajar y cada día con más desesperación. Me preguntaba cuál era aquel motivo por el cual cada día se emperifollaba más y en su cara cada día se dibujaba menos amor, más desesperación, más necesidad de vida.
Y qué es la vida sino un momento de frenesí y felicidad discontinua. Qué es la vida sino untar manjar en las yemas de los dedos y sentir el dulzor al tacto, mojar la punta de los cabellos cuando el sol quema la espalda, sentir el palpitar acelerado cuando un desconocido se acerca a preguntar. Qué es la vida si no un conjunto de emociones y desdichas.
Pero yo no entendía por qué su cara desesperada, ardía por un poco de vida, y cada día se sacrificaba en salir más prepotente, más presumida, más caprichosa.
A veces me miraba de reojo y el desprecio en su mirada me hacía temblar de pies a cabeza, como si forzosamente ella quisiera que su sola presencia bastase para poder llenar el lugar, ¿Por qué el desazón al verme inocente mirando desde mi lugar, por qué aquella intrínseca obsesión con quererse apoderar de mi seguridad?
Y cuando al fin el libro se terminaba de hojear, la respuesta acudió y ese día al abrir la puerta, no la miré, ni la escuché al abrir el portón, o siquiera al subirse al auto, porque justamente ese día se quedó petrificada al verme caminar, frente a su morada, al verme imperativa y afable, porque aunque ella esté al alcance de cualquier objeto de satisfacción o vicio hay algo que ya nunca podrá recuperar, la brisa fresca de la juventud y la felicidad.

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