Y te encuentres en él y caigan los pedazos de piel al suelo.
Que sientas esa amargura en la boca, el movimiento -movimiento- y que la
infección en el corazón, en el cuerpo, se te incruste en la mirada y te la
envenene, la sientas como negro alcohol, cayendo hasta tu vientre y te consuma
el deseo de entre las piernas.
Y ojalá duela cuando las rodillas rocen la alfombra, cuando
rocen tres veces y cuatro y la bestialidad te arranque los sesos, los pocos
sesos.
Y te arranquen hasta la brutalidad desde atrás hacia
adelante, de afuera hacia adentro y te arranquen el mundo y te sientas tan bien
en la periferia, pero asqueroso en el centro.
Que las reminiscencias se te graben en el cuerpo,
la infelicidad reine en los cabellos, los feos cabellos, los diminutos brillos,
los grandes defectos, los asqueados conceptos.
Y que te penetren hasta el sudor y la peste cale en tus ojos
y ojalá te guste, te guste perder la armonía y que te escupan blanco en el
rostro.
Ojalá la veas allí, cada vez que la vida te arranque un día,
que la veas allí cuando cierres los ojos y te consuman el sudor de los labios,
cuando chupen el líquido en tu cuerpo, la veas allí y el dolor te corrompa
hasta la muerte y te desangre las ganas de seguir.
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