sábado, 27 de octubre de 2012

Adol-escencia

Estábamos con los ojos abiertos y las manos embarradas. Jugábamos con las flores en las calles o con la pelota del vecino y nos enojábamos con todos, pero a nadie le importaba porque nos gustaba más andar juntos que estar peleados. 
Nos queríamos porque sí, porque llevabas un lindo vestido, porque cuando sonreías se te veían los dientes chuecos o porque te había dado un chupete de naranja. 
Pero no estábamos conformes, queríamos caminar  a pasos agigantados y soñábamos y deseábamos ser gigantes, como la mamá cuando preparaba la comida y ordenaba las camas o como el papá cuando caminaba rapidito por Concepción. 
Querer ser grandes nos llevaba a pasos agigantados al abismo, querer construir el mundo sin ayuda de nadie, poder hacer castillos de arena sin que la mamá fuera en busca del agua porque el mar era peligroso, o poder estar jugando en el pasto sin que el papá dijera que había que entrarse para acostarse. 
Los pies sudados, las manos sucias, el polerón con comida, los cachetes con caramelo, los amigos de la calle, los perros de la vecina, el gato que siempre nos acompaña, la mamá en la ventana. No necesitábamos nada y aún así deseábamos crecer, como si sólo al adolecer y al envejecer pudiésemos encontrar la libertad. Como si ésta misma no hubiese estado allí, frente a nuestros juguetes.

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