Eran las nueve y te acercaste con los pies descalzos. Me miraste tan fijo y tan cerca; podía percibir el miedo que hacía que te temblaran los deditos. Y lo percibía no porque tuviese un sexto sentido sino porque hacías que se movieran los granitos de arena y algunos saltaban hasta mis tobillos.
No sabía cómo preguntarte o preguntarme. Acaso la vida se confundía y nos jugaba una trampa indecorosa. Acaso temblabas por frío y no por miedo.
Todavía a las once seguías temblando. ¿Te presto mis calcetas? No te hablo nada, ni con la mirada.
Ya a las doce te rendiste y me tocaste el pelo. Se sentía suavecito en los pensamientos; te miré para hablarte así como nos gustaba a nosotros.
Pero entonces a la una el cabello empezaba a bailar junto a los vellos de mis brazos, porque el viento era altanero y orgulloso.
Te arropé en mi vientre para que no temblaras. Te abrigué como lo más vulnerable, como lo que no se puede tocar.
Y ya no importaba si lo que te convertía en gelatina era miedo o frío, no importaba si hablabas o no hablabas; porque te habías acercado a mí descalzo y eso estaba por encima de cualquier miedo, de cualquier viento, de cualquier pensamiento.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.